El palacio de cristal.

En el sofá de la salita familiar están sentados muy calladitos y apretujados Almudena, Amos, Lucía y Roberto, los veo desde aquí, los miro de reojo, paso y los acaricio un poco, los desempolvo, los observo, no les digo mucho nada más sabemos mutuamente que estamos en espera, Amos con «Una historia de amor y oscuridad» aguarda con su edición de bolsillo, con ese papel delgado que hay que frotar entre los dedos para pasar de página, a Amos lo leo en Sueco y me inunda de un lenguaje que altera mi entorno y acelera mis neuronas, me gusta entrar en su mundo, me transforma, me apasiona, pero lo tengo ahí sentado.

Almudena está como siempre desde hace más de 25 años silenciosa y paciente porque se sabe favorita y tiene la seguridad de que siempre regreso a ella aunque esté sentada rodilla con rodilla con Lucía Berlín y su «Manual de las mujeres de limpieza», que ahora siento una prisa enorme por leerla antes de que Almodóvar se me adelante y presente cinco de los cuentos como película, aunque de cierto no sé cuales son los cinco cuentos de Lucía que Pedro ha elegido para filmar. Y Roberto mira de un lado a otro, es recomendación de mi amigo políglota, si de ese suizo/alemán-italiano políglota en toda la extensión de la palabra con sus siete idiomas en la punta de la lengua que cuando trabajamos juntos tras bambalinas, entre ensayo y ensayo y entre revisión de textos y corrección de estilo hablamos siempre de literatura y qué más que del lenguaje y los idiomas por supuesto.

Los veo desde aquí, desde mi sillón negro junto a la ventana de la sala, la ventana de las orquídeas y de la pequeñísima urna de hierro forjado que compré en mi boutique favorita de segunda mano. Desde aquí los miró un poco a la distancia y les pido con la mirada que sean pacientes, que esperen por mí, porque no todos los días tienen el ánimo o la fuerza para sostener un libro y ahogarse en sus palabras. Mi cuarentena particular ha sido mucho más impredecible de lo que pudiera imaginar, no es esa cuarentena-de-sanos en la que se asfixian aquí y ahora cientos de millones de personas en el mundo, que de pronto por el virus del corona han tenido que «sufrir» de un encierro forzado y asintomático en las cuatro paredes de su casa, u ocho, o dieciséis, o 64 paredes que tendrán algunos. Mi cuarentena inició a finales de octubre del 2019 y se ha extendido hasta hoy día y muchos-muchos más días se sumarán a esta estancia en casa, sentada en mi sofá donde me he atrincherado observando mis orquídeas que me sorprenden con flores nuevas a pesar de la temporada y con mi perro echado a mis pies con su cuello postrado sobre mis piernas.

«Dolor» nada más, dolor físico, dolor morado, dolor localizado, dolor-del-bueno, de paliza, de fuerza física, de agresión directa al cuerpo, de viernes de semana santa.

No ha sido un tiempo de rutinas y de esparcimiento, no ha sido un tiempo de lecturas placenteras y de ocio, no ha habido cabida para arreglar un guardarropa o limpiar los cajones del fondo del armario. En una cuarentena-de-cinco-meses los espacios y el tiempo se han llenado de tratamiento citostático y sus respectivos efectos secundarios y hoy los días se han llenado del proceso de recuperación tras la mastectomía radical y la extirpación de los ganglios axilares, el aire, el tiempo, todos los ámbitos se han llenado de dolor, el más puro y crudo que se pueda describir.

Pero «dolor» nada más, dolor localizado en el cuerpo, dolor con sus respectivos moretones de tonos azules, lilas, verdes y gris-oscuro en el brazo, dolor con falta de movilidad, dolor con insensibilidad, dolor que se sazona con un ardor de piel en la zona de la herida, dolor al mover, al subir, al bajar, al tocar y al coger, dolor de ese que te abre los ojos de madrugada y te provoca gemidos profundos desde la garganta y desde lo más hondo del estómago, dolor que te mantiene con los ojos pelones al alba y dolor que espanta a los fármacos. Pero «dolor» nada más, perfectamente localizado en el lado izquierdo de mi pecho, en mi brazo que no para de sentir y no deja de gemir a diez días de la intervención.

Pero «dolor» nada más, dolor físico, dolor morado, dolor localizado, dolor-del-bueno, de paliza, de fuerza física, de agresión directa al cuerpo, de viernes de semana santa, de tortura, de ofrenda, de víctima, de violencia, de sangre coagulada y de músculos mutilados, pero dolor nada mas. Nada más que dolor, de esos que pasarán, de los que se rehabilitan, de los que se recuperan, de los que se quedarán callados, de los que pasarán al olvido, de los que nadie más mencionará, de los que nadie más verá. Dolor que quedará mudo detrás de su cicatriz, detrás de su prótesis, detrás de un corpiño, detrás de un suéter de cuello alto. Dolor al fin y al cabo de los que se olvidan y no se vuelven a mencionar. Nada más dolor y no efectos secundarios, esos… «esos» son las ligas mayores que ponen a prueba la capacidad humana para superar cualquier enfermedad.

«Estoy amordazada en un palacio de cristal. Todo se intensifica de manera exponencial. Pero ellos no lo saben»

– escribí un día desde mi trinchera.

Durante cuatro meses en ciclos de tres semanas recibí el llamado tratamiento citostático y durante días-semanas y meses los efectos secundarios me entregaban en mano el pase directo a los infiernos con garantía absoluta de pérdida de la razón. En la última cita con uno de los médicos oncólogos previa a la cirugía, la doctora con rango de «profesora» de especialidad me miró a los ojos y me dijo que estaba realmente satisfecha de que yo haya logrado terminar el tratamiento citostático ya que la fórmula química a la que me sometieron es la más arriesgada y agresiva que hay, lo cual no garantiza que los pacientes logren llegar al final del tratamiento muchos de ellos desisten y lo interrumpen , yo lo logré y llegué al final con 16 kilos menos, sin pelo, sin cejas, ni pestañas como era esperado, lo logré sin sentido del gusto, sin fuerza muscular y con pérdida de memoria. La quimioterapia lleva la salud física y mental del paciente al extremo máximo, al borde del precipicio y al abismo más profundo. Mi experiencia fue un vago andar por entre los infiernos y el purgatorio con mi mente claramente desconectada de mi consciente y de la realidad.

«Estoy amordazada en un palacio de cristal. Todo se intensifica de manera exponencial. Pero ellos no lo saben» escribí un día desde mi trinchera, aunque no lo recuerdo claramente, cuando los sentidos se agudizaban al punto de que la respiración del ser más amado era un estruendo apabullante, los sonidos más triviales, los sonidos más caseros, los sonidos más comunes eran ruidos agresivos y estrepitosos, el sacar las llaves del cajón en el pasillo de servicio, ese buscar de los dedos por el manojo de llaves, ese tomar el manojo de llaves en el puño, el quitarse los zapatos y dejarlos caer al piso, el abrir la pequeña puerta del guardarropa del pasillo donde se colocan los zapatos de calle, el abrir y cerrar la puerta de entrada al piso, los sonidos más caseros, comunes y rutinarios eran ruidos despiadados en mis oídos post-drogas y sensibles. Los olores que en condiciones normales me llevan al hogar, a los alimentos preparados con amor y a los espacios de calma eran un hedor de ajos, aceites y comida por demás repugnante. Los sabores que a lo largo de los años habían simbolizado la unión familiar y el gusto por los alimentos se convirtieron en gusto de metal sucio en la boca, cobre verdoso entre los dientes y el paladar. Gusto, olfato y oído en estado de descomposición absoluta. Gusto, olfato y oído que me llevaban a una imagen de mi misma en El Retiro tumbada en el piso frío del Palacio de Cristal, desnuda, cubierta apenas por una bata con mis pies blancos y mis manos adoloridas entre los ecos apabullantes del silencio habitando un cuerpo de escoria, oxidado y allagado por los efectos secundarios de las drogas. Ahí me veía yo a mí misma, tumbada en el piso del Palacio de Cristal en un día de invierno en mi soledad, tumbada en el piso frío hablando sin ser escuchada, gritando desde lo más profundo de mí misma sin poder pronunciar palabra, ahí estaba yo tumbada en el piso frío del Palacio de Cristal muda en silencio e invisible ante el paso de los paseantes que miraban a su alrededor, que seguían su curso, su marcha pero no reparaban en mi cuerpo, frío y blanco mármol cubierto por una bata mientras yacía tirado en el piso frío del Palacio de Cristal, sin gusto, sin olfato, ahogado de ruidos estridentes como el caer de una hoja seca en el pasto bañado de rocío al despertar.

Así transcurrieron los días de los efectos secundarios, con la mente desconectada del cuerpo, con el almacén de vocabulario secuestrado por los medicamentos que fluían por mi cerebro y se burlaban de mi búsqueda imprecisa por la palabra correcta para pedir un plato de comida, para describir mis acciones o para definir mis sentimientos, las palabras salieron de mi cuerpo, abandonaron mi lengua y se mudaron de mi mente, las palabras más comunes, las palabras en mi español nativo, en mi sueco adoptivo en mi inglés siempre tan masticado, todas empezaron a salirse de foco y a perder significado. Encontrar palabras, pescar verbos, sustantivos y adjetivos se volvió una actividad que ocupaba gran parte de mi tiempo en los-días-malos, poder pedir por algo o explicarlo simplemente tomaba demasiado tiempo.

Fueron mis días atrincherada a la puerta de los infiernos, mis días de-efectos-secundarios, mis días de cuerpo inerte, frío y desnudo tirado en el piso frío del Palacio de Cristal.

Ahora han quedado atrás, ahora el tratamiento citostático, las horas-minutos-días y semanas de secuelas de quimioterapia han quedado en la lejanía. El reto posterior fue fortalecer el cuerpo, alimentarme correctamente y principalmente mantenerme sana hasta el día de la cirugía. «Mantenerse-sana» fue un reto de gran magnitud considerando que el tsunami del virus corona acababa de hacer su entrada triunfal en Europa y se apoderaba sigilosamente de calles, ciudades y países cobrando salud y cobrando vidas tal como en su tiempo lo hiciera la Peste negra. Mantenerse sana cuatro semanas era la consigna, cuatro semanas en una cuarentena sellada, impermeable y a prueba de balas. Pero la salubridad pública tuvo que reprogramar sus planes originales y rehacer sus rutinas ante la pandemia lo que obligó a los médicos a priorizar y a levantar el teléfono no para posponer mi cirugía sino para adelantarla lo más posible a fin de agilizar la siguiente etapa de mi tratamiento.

El 26 de marzo sonó el teléfono al filo de las ocho de la mañana, Josefine, mi enfermera de contacto para la cirugía me saludó con una pregunta «has desayunado hoy» -pues tienes 15 minutos más para ingerir alimento, necesitamos seis horas de ayuno, entrarás a cirugía esta misma tarde a las 15.00 horas.

Huevo tibio y un café fue mi desayuno de esa mañana, pasé las siguientes horas preparándome para la cirugía de la mejor manera que sé, como siempre lo he hecho de acuerdo a mis rituales establecidos y que he perfeccionado por ejemplo antes de salir de viaje, me puse a recoger la casa, a limpiar, a aspirar, a trapear, a cepillar los excusados y a dejar los lavabos pulcros y radiantes. Mi hermana en la video-llamada preoperatoria me hablaba de rituales mucho más espirituales y de oraciones, para mí no había nada de mayor prioridad que los baños olieran a cloro y que mis manos estuvieran igual de ocupadas que mi mente y mis ojos fijos en los pisos, la cubeta y el ruido de la aspiradora que llenaba mi cabeza.

Pasadas las 16.00 hr. estaba yo acostada y desnuda en una cama de hospital en la antepuerta del área de cirugía, con mi batita blanca y unas calcetas que llegaban a media pierna desnuda, en soledad, en silencio e inmóvil puede entonces conversar con Dios, con ese Dios-mío, mi Dios-particular que habita en mi interior para decirle lo mismo que siempre porque en nuestras conversaciones nunca ha reinado la creatividad, yo simplemente le doy las gracias, nunca-pido, nunca-ofrezco, es en cambio un balance perfecto, yo tan solo doy gracias pero en esta ocasión al igual que en el funeral de mi madre le hice una ofrenda sencilla al ritmo, letra y con el acento rosarino característico de Fito, Fito Páez: “¿Quién dijo que todo está perdido? Yo vengo a ofrecer mi corazón”. Dos minutos después me pasaron al quirófano, me acostaron en esa plancha dura de acero frío que hiela los huesos, me pusieron una cobija eléctrica, el personal de uniforme azul, gorritos verdes, tapabocas, ojos azules brillantes y manos enguantadas se fue presentando uno a uno, un ejército de duendes azules pasaron revista y yo me dormí profundamente.

«Tzatziki» fue mi primera palabra al despertar, Tzatziki le dije a la enfermera del postoperatorio, lo debo haber repetido varias veces hasta que ella me contestó con paciencia y sus ojos azules-dulces y tolerantes con los efectos de la anestesia general -«¿disculpa qué idioma hablas?«, y fue cuando caí en cuenta que seguramente estaba diciendo alguna barbaridad. Como parte de mi ritual matutino además de la limpieza general de nuestro piso dejé una charola de horno lista para cocinarse a 220 grados durante 40 minutos, un arco-iris de verduras y tubérculos que al hornearse mezclan los sabores en un platillo muy sencillo y muy fácil de preparar: camotes, papas, zanahorias, betabel, cebollas, pimientos rojos, apio y ajos aderezados con aceite de olivo, salsa de soja y hojas de laurel. Pero faltó preparar el tzatziki a pesar de que tenía el yogur turco, los dientes de ajos pelados y el pepino a la mano. Olvidé también dejar las instrucciones y olvidé decírselo a Tomm para que lo preparara, así que mi palabra mágica en el postoperatorio fue tan profunda como una salsa mediterránea.

Hoy día, a diez días de mi mastectomía, – a punto estuve de escribir «de mi primera mastectomía» – pero no lo voy a escribir porque espero que sea la única de mi vida, pero fue un golpe natural en el teclado decir que es la primera, lo cierto es que hemos hecho todo lo que hemos podido en estos últimos cinco meses para erradicar el cáncer de mi cuerpo, en estos primero cinco meses para asegurarnos de que las células cancerígenas me hayan abandonado por completo. Cinco meses apenas, mi piel se ha renovado de esa deshidratación que produjo una resequedad de Sahara donde cualquier roce de la ropa, de las sábanas, de la toalla provocaba una irritación con su respectiva herida y de ahí a una llaga menor, mis dedos se han curado de esa cutícula frágil que provocaba sangrados constantes y dolorosos, mis dedos de los pies están en el proceso de recuperarse y de volver a tener uñas sanas que no agredan los cantos y que provoquen sangrados y pus. Mi cara se está recuperando después de esas marcas y cicatrices que me fueron dejando como infante con varicela, plagada de manchas oscuras y cicatrices cutáneas.

Todo se está recuperando ahora nada más tengo que sentarme a esperar a que el dolor, porque es nada más eso, dolor físico resultado comprensible y obvio de la operación, vaya desapareciendo, se vaya diluyendo poco a poco, día a día, que la terapia física haga lo propio y que yo vaya tomando fuerzas, «serán meses de recuperación» me dijo mi enfermera de contacto de la unidad de mamografía del hospital de zona, «meses» ahora la palabra ya no me asusta, en el otoño cuando recibí mi diagnóstico y el médico dijo «meses de quimioterapia» el mundo se paralizó y la vida cayó en un precipicio oscuro y sin fin hasta el centro de la tierra, ahora serán tan solo unos meses de recuperación para que mi brazo vuelva a la normalidad, mi pecho nunca será el mismo ahora que tengo una cicatriz al lado izquierdo, como una abertura simbólica, una ranura imaginaria de acceso directo al corazón. Ahora tan solo tengo que esperar al siguiente paso del tratamiento, vendrán las vacunas de anticuerpos, 15 días de radioterapia y después los años de terapia hormonal, nada de qué preocuparse si es que mi estómago decide cooperar, ahora que ha vuelto a la normalidad después de 16 semanas de haber estado contra-corriente y de haber dejado 16 kilos en el camino, ahora que mi cara ha cambiado, ahora que mi hija menor mi Mia mi Mia me miró y me dijo con su voz tan particular «mamá ya no tienes cáncer en tu cuerpo, se ha ido, lo puedo ver en tus ojos»

Ahora nada más tengo que esperar, no más efectos secundarios, no más estar hecha un ovillo atrincherada a las puertas del infierno, no más sensaciones exponenciales en el Palacio de Cristal, no más dolor, no más cáncer en mi cuerpo, ahora nada más tengo que esperar.

Veo desde aquí a Amos, a Almudena, a Roberto y a Lucía, quizá ahora tenga tiempo de tomarlos en mis manos para romper su silencio, para dejarme acompañar, para escucharles y perderme en sus palabras, ahora que tengo tiempo, como el resto del mundo, tiempo y vida – en mi cuarentena particular.

Podcast en voz de la autora

3 comentarios

  1. Avatar de Mabel
    Mabel · abril 4, 2020

    Nuevamente nos llevaste de la mano contigo en tu purgatorio, ayudándonos a conocer lo que viven y sienten quienes pasan por esos tratamientos, ayudándonos a ser más empáticos, más sensibles, más compasivos… y más agradecidos. Te quiero!

    Le gusta a 1 persona

  2. Avatar de Mirna G Reyes Navejar
    Mirna G Reyes Navejar · abril 6, 2020

    He llorado , definitivamente todo tiene un propósito , he llorado y he besado tus pies y tus manos , he acariciado tu cabeza y de igual forma agradezco que solo fue dolor del bueno, del útil del que tiene un propósito. Te abrazo amiga querida . Gracias por existir .

    Le gusta a 1 persona

Replica a Mirna G Reyes Navejar Cancelar la respuesta