10 de marzo del 2026, martes me parece, me entero de la noticia gracias al canal del Instituto Cervantes en Madrid y fué en Madrid a principios de los años noventa donde le conocí, donde le visité en su piso una tarde de invierno, yo era una pequeña “Octavia de Cádiz” y él a mis ojos un “Martín Romaña” lo cierto es que a mis ojos él era un gigante.
Finales de los 80 y principios de los 90 fue la época en que mi vida se dividía en dos cauces paralelos el uno guiado por las letras de Kundera donde yo me debatía entre Teresa y Sabina. Los días que me definía como Sabina salía yo a la calle con el sombrero de hongo negro en la cabeza, pero mi fidelidad por Teresa era aún mayor y eso se notaba porque desde el día que la conocí, que me la presentaron a través de la “Insoportable” como la tribu le llamabamos en tono de código, de clave para entendidos, pero para el resto “La insoportable levedad del ser” por supuesto, desde ese día cuando me sumergí en las calles de Praga y en la invasión Soviética del 68, desde ese día y como un rito de lealtad, de identidad, un grito callado de rebeldía y de feminismo literario, desde ese día llevo yo siempre un libro bajo el brazo, físico o imaginario, pero siempre tengo una mano ocupada por un libro y me defino a susurros como Teresa-la-de-Milán.
Sin embargo mi otro cauce literario en la época, cauce de aguas turbulentas y corrientes arrasantes estaba definido por el peruano, no Vargas Llosa, sino por el “otro” peruano al que años más tarde acusaron de plagio, pero para mí nada de plagio y nada de imitación para mí un escritor que me dió Un mundo para Julius, que me abrió las puertas de la Lima de una época lejana que tenía tantos paralelismos al México donde yo habitaba, amaba, reía, lloraba y leía, eso sí amaba mucho y leía aún más, así el gran Bryce o Echenique como le llamábamos para hacerlo más nuestro, se beatificó como el padrino de mi vida literaria de juventud.
Alfredo Bryce Echenique y La vida exagerada de Martín Romaña fueron mi boleto al barrio latino de París, a la Sorbona y a un piso donde faltaba todo pero todo se concentraba en la hondonada del colchón tirado en el piso de la brevísima habitación.
Son recuerdos que me vienen a la mente ahora a mis casi sesenta años, a mis 55-plus, a más de treinta años de distancia pasan las letras de Bryce por mi recuerdo como un halo y pienso más que nunca “imprima no deprima”.
Una mañana de invierno tocaron a mi puerta de la habitación en la pensión de en la calle de Fuencarral en el centro de Madrid, una pensión oscura que olía a franquismo y que escondía secretos por sus paredes, mucho antes de la época de los air-be-and-be, era la época en que los estudiantes de posgrado internacionales como yo lo era en ese momento, un estudiante internacional con la misérrima manutención de una beca otorgada por el ministerio de cultura español para latinoamericanos profesionistas de la comunicación y el periodismo que extendían sus alas en la madre patria como el colega Dominicano insistía en llamar a nuestro país anfitrión cada mañana, cada tarde y cada noche. Yo dormía en esa cama individual, en una de las muchas habitaciones oscuras de la pensión, de baño compartido y obviamente sin acceso a cocina o al comedor. La cornisa de la ventana hacía las veces de nevera y la cama era la mesa, el escritorio, el guardarropa y el librero.
Esa mañana fría de febrero tocaron a mi puerta muy temprano, era el portero de la pensión, el velador, el guardia nocturno que de mala leche y tono parco me informó que el teléfono no había dejado de sonar toda la noche, que un joven de acento mexicano no había parado de llamar y de preguntar por mí. Pero las reglas son las reglas y no se pasaban llamadas durante la noche, las llamadas telefónicas estaban permitidas en horario diurno, entre las 8.00 de la mañana hasta las 18.00 horas de la tarde antes de que la pareja de dueños de la pensión se retiraran a su propio piso y el velador de guardia nocturna, el parco de mala-leche incluída se sentaba en su butaca a cabecear y a roncar con la boca abierta. A excepción de esa noche que mi mexicano no le dejó pegar el ojo, y llamó una vez cada media hora, y llamaba y preguntaba “pues qué hora es allá?” como si en la ciudad de México estuvieran vetados los relojes y estuviera prohibido aceptar los husos horarios y las horas de diferencia.
El velador-mala-leche-parco tocó a mi puerta extendiendo el brazo con un papelito en la mano. Lo que dijo fué una queja dolorosa por haber corrido todas las horas de su turno sin pegar el ojo entre telefonazo y telefonazo del mexicano-necio que no paraba de llamar y de hablarle a sus oídos sordos. El hombre además de la queja me entregó un papelito al mismo tiempo que me decía “no se entiende nada, será una clave, pero el chaval que llamó dijo que tú tienes que llamar a ese número lo antes posible”, se giró sobre sus plantas para dar media vuelta con la totalidad de su cuerpo cansado, desvelado y malhumorado cuando de pronto volteó y con una brevísima luz que alcancé a vislumbrar en sus ojos agregó “parece que el chaval ese mexicano de mierda te extraña de verdad”. Claro que me extrañaba, como se extrañan la aurora boreal que nunca se ha visto, como se extraña bañarse en el caribe cuando no se sabe nadar, como se extraña el sabor de la fruta fresca y al mismo tiempo se es alérgico a las semillas, la cáscara y la miel. De esa forma me extrañaba el chaval-testarudo y mexicano, que de chaval…nada, de mexicano…cada poro y de testarudo…
Abrí el papelito que el velador-portero-guardia y sereno me había extendido, mala letra era poco decir pero me amañé a interpretar los garabatos: Bryce está en madrid, llamale… y un número de teléfono.
Me vestí con prisa, calzandome mis botas vaqueras con tacón tejano que me compré en la Gran Vía y recogiéndome el cabello tan largo y tan rizado en un moño despeinado en la coronilla, cerré la puerta de mi oscuro cuarto de pensión y caminé lo más rápido posible hasta la puerta pasando por el pequeño mueble que hacía de despacho del conserje, el hombre que se preparaba para entregar el turno a la patrona de la pensión me miró sorprendido y preguntando – y tú a dónde vas? Pues a dónde será! a la telefónica de Gran Vía para hacer la llamada. Me miró, tornó los ojos al cielo y dijo: ya pasé en vela toda la noche, te puedo permitir una llamada.
Al otro lado de la bocina sonó el mensaje de un contestador, voz de mujer, acento latinoamericano, amablemente pedía que se dejara el recado que ya después regresaría la llamada. “Me llamo Lucy, Lucy Carbó, soy mexicana y quiero conocer al maestro aprovechando mi estancia en Madrid… pueden llamarme a éste número…” mientras yo decía la frase miraba al mismo tiempo y en tono suplicante al hombre sentado frente a mí, a quien la falta de sueño o una historia de amor literario lo había desvencijado, asentó con la cabeza y cerró los ojos… pueden llamarme a este número, es la pensión donde me hospedo.
El día transcurrió entre las lecciones y las prácticas en el Instituto Nacional de Radio y Televisión Española cerca de la complutense y el andar por las calles de Madrid, apisonandolas a golpe de risas y sueños de un grupo de latinoamericanos que soñábamos con una carrera internacional en los medios masivos, una carrera que fantaseamos sin la menor idea que se haría realidad para el periodista cubano en la televisión americana y muchas años después para la mexicana en la radio nacional Sueca.
Al día siguiente por la tarde, de regreso a la pensión la casera me dijo que tenía un recado, de parte de la Señora de Bryce Echenique.
La tarde del 25 de febrero de 1993 me presenté al portal de la casa donde Alfredo Bryce Echenique había vivido los últimos años en Madrid, después de la mudanza de París. Llamé al timbre, saludé con voz nerviosa y subimos al segundo-derecha por el ascensor.
Un edificio señorial, magnífico que me enseñó que en esas casas de antaño hay tan solo dos apartamentos por piso, el de la derecha y claro el de la izquierda. La izquierda fué nuestro destino, caminamos a la puerta, yo y mi chaperón, mi amigo, mi capirote de ocasión.
Se abrió la puerta y Don Alfredo Bryce Echenique, el autor de todos los libros que yo había leído durante los últimos tres años de mi jovencísima vida, el creador de Octavia, el hombre que hablaba de la bella Octavia de Cádiz, el Julius de Lima, el Martín Romaña de París con su muy exagerada vida, el Pedro de sus tantas veces, el de Tarzán y su amigdalitis, el de la última mudanza, claro está la de Felipe Carrillo, mi reo de nocturnidad como el “chaval-tesonudo-mexicano” que me había dejado el recado de ultramar para no perder la oportunidad de conocer al escritor que me había mantenido en vela tantas noches y en la hondonada tantos días, ese autor que para mí era tan grande como una catedral y tan añorado como mis estancias en un París que conocería muchos años después, de un barrio latino al que siempre regreso y de una Lima a la que nunca he conocido.
Ese mismo, Bryce… Bryce Echenique… Alfredo Bryce Echenique estaba parado en el marco de la puerta de su piso de Madrid, recibiendome a mí – a mí con una sonrisa y una mirada amable, amable por demás.
Yo me quedé muda, muda y callada, muda y fría, muda y temblando, muda y sin siquiera poder tartamudear, por fortuna mi chaperón era el periodista cubano más platicador y de verborrea profesional que al percatarse de mi rigor-mutis tomó la batuta de la situación, extendió la mano y dijo: Camilo-periodista-cubano… (se volteó, me miró, yo seguía con los ojos clavados en la mirada cálida y agradable del gran escritor peruano y con los pies clavados en el piso blanco y negro del pasillo) ésta…dijo el cubano, ésta es Lucy Carbó-enamorada-de-usted.
En ese momento el rayo tocó tierra y el trueno resonó en mis tímpanos, mi cerebro empezó a carburar nuevamente y extendí la mano. Don Alfredo me dió dos besos paternales en las mejillas.
Pasamos una tarde de palabras, de letras, de cuentos, de personajes, de anécdotas. Aún recuerdo el salón donde estuvimos tomando café, servido amablemente por su mujer, en ese servicio antiguo, no sé si español o inglés, la decoración de las tazas y los platos, la cafetera y la azucarera me parecieron por demás carmesí por lo que descarté que fueran ingleses, curiosamente ahora a más de treinta años de nuestro encuentro yo tomo café en casa en una vajilla del mismo color y con decoración similar al servicio de café que esa tarde de invierno tenía yo en la mano y tomaba café negro a sorbitos para que me durara largo rato, para estar ahí en el salón del maestro Bryce Echenique el mayor tiempo posible.
Camilo hablaba, porque eso es lo que Camilo sabe hacer, hablar, como cubano, como periodista, como culto que era, tan culto que dolía y tan gracioso cuando se reía y cerraba los ojillos y aplaudía, no sé por qué pero aplaudía cuando se reía, dos palmadas con las manos y luego se cruzaba de brazos, y estaba lleno de anécdotas, no por poco era de los mejores periodistas cubanos de la época, después se convertiría en un monstruo del mundo mediático de los exiliados en Miami y se comería el mundo de la televisión y del horario “premium” como él siempre decía, pero eso vino después, muchos años después, la época del Camilo que yo conocí, del Camilo que fungió de chaperón para pasar la tarde y de dama de compañía culta y perfecta para la ocasión era el Camilo que soñaba con salir de la isla y con beber cocacola y con usar un saco de hombreras anchas para sentarse frente a las cámaras de televisión.
Mientras Camilo contaba las anécdotas de todas sus entrevistas con los famosos, los grandes y los enormes que para principios de los 90 ya había conocido en la Habana, yo miraba la habitación, me paraba, observaba y con las voces latinoamericanas del peruano y del cubano como música de fondo iba yo grabando en la memoria cada espacio y cada instante. En la pared del fondo había un óleo de gran formato que me cortó la respiración, un cuadro con Alfredo como figura central recargado en un volkswagen aparcado en una playa… vaya me dije, vaya, me sigo diciendo, Don Alfredo el de Martín, el de Julius, el de Octavia, el de Pedro… el que me tomó de las manos tantas veces para llevarme a leer a Ribeyro, Don Alfredo recargado en un volkswagen aparcado en una playa, vaya… o al menos así lo recuerdo.
Me paraba, me sentaba, daba vueltas, escuchaba, hacía preguntas, nos reíamos y tomábamos café, una tarde de amigos entrañable. En una de mis paradas y sentadas me apoltroné en un sillón por demás cómodo, por demás rojo, por demás aterciopelado y el escritor me dijo: te gusta verdad… claro, dije yo con mi vocecilla de Lucy-Carbó-enamorada-de-usted… es el Sillón Voltaire… EL sillón Voltaire… brinqué con los dos pies al mismo tiempo mientras Don Alfredo se reía, pues sí ese sillón se lo regalaron como símbolo del metafórico sillón voltaire donde su alter ego Martín Romaña contaba sus relatos… y donde siempre estaba la bella Octavia.
Y así fué como una tarde de invierno en Madrid, llegué a casa por la noche, a mi cuarto de pensión que esa noche me pareciera el lugar más felíz del mundo cuando saqué de mi morral dos ejemplares de Bryce Echenique no tan solo firmados sino dedicados con su pluma y letra donde se puede leer “A Lucy, en recuerdo de nuestro encuentro en Madrid, con cariño Alfredo Bryce Echenique. 23 de febrero 1993”
Así esa Lucy-Carbó-enamorada-de-usted siguió caminando por la vida siempre fiel al cauce de lectura del maestro peruano, quien antes de despedirse en el rellano de su piso en Madrid me dijo con voz tierna, tomándome de la mano y con un guiño en los ojos… eres una Octavia de Cádiz.
Apples…apples…apples… contesté yo con la mirada.
Alfredo Bryce Echenique
1939-2026
Novelas
- 1970 – Un mundo para Julius
- 1977 – Tantas veces Pedro
- 1981 – La vida exagerada de Martín Romaña
- 1985 – El hombre que hablaba de Octavia de Cádiz. Esta y la anterior forman el díptico que el autor bautizó como Cuaderno de navegación en un sillón Voltaire.
- 1988 – La última mudanza de Felipe Carrillo
- 1990 – Dos señoras conversan
- 1995 – No me esperen en abril
- 1997 – Reo de nocturnidad
- 1999 – La amigdalitis de Tarzán
- 2002 – El huerto de mi amada
- 2007 – Las obras infames de Pancho Marambio
- 2012 – Dándole pena a la tristeza
Cuentos
- 1968 – Huerto cerrado, contiene 12 relatos:
- Dos indios, Con Jimmy en Paracas, El camino es así, Su mejor negocio, Las notas que duerman en las cuerdas, Una mano en las cuerdas, Un amigo de cuarenta y cuatro años, Yo soy el rey, El descubrimiento de América, La madre, el hijo y el pintor, El hombre, el cinema y el tranvía y Extraña diversión
- 1974 – La felicidad ja ja
- 1979 – Todos los cuentos, Mosca Azul, Lima
- 1986 – Magdalena peruana y otros cuentos
- 1987 – Goig. Relato infantil escrito en colaboración con la escritora Ana María Dueñas y dibujos de Sonia Bermúdez
- 1995 – Cuentos completos
- 1999 – Guía triste de París
- 2009 – La esposa del rey de las curvas
Textos biográficos
- 1977 – A vuelo de buen cubero
- 1987 – Crónicas personales (edición aumentada de A vuelo de buen cubero), Anagrama, Barcelona
- 1993 – Permiso para vivir («Antimemorias» I)
- 2003 – Doce cartas a dos amigos
- 2005 – Permiso para sentir («Antimemorias» II)
- 2021 – Permiso para retirarme («Antimemorias» III)
- 2024 – Desde la Hondonada 1
Ensayos y artículos
- 1996 – A trancas y barrancas
- 2000 – La historia personal de mis libros, Fondo Editorial Cultura Peruana, Lima
- 2002 – Crónicas perdidas, artículos, estudios, conferencias y cartas públicas publicadas en diferentes medios entre 1972 y 1997, Anagrama, Barcelona
- 2004 – Entrevistas escogidas, selección, prólogo y notas de Jorge Coaguila; Fondo Editorial Cultura Peruana, Lima
- 2005 – Entre la soledad y el amor, libro dividido en 4 partes, precedidas de unas Palabras preliminares, contiene los siguientes 10 textos:
fuente: Wikipedia