Prosperidad y austeridad para el nuevo año.

Para este año nuevo deseo que no te compres esa bolsa nueva, deseo de todo corazón que no cambies el auto usado por uno nuevo y deseo que te andes todo el año con los zapatos que has traído puestos en los últimos meses. Para este año nuevo deseo que apretemos el bolsillo y la cartera y no porque quiera convencerte de un fondo de inversión a largo plazo ni del ahorro obligado que todos deberíamos estar haciendo para el retiro, sino por un deseo más inocente, poco materialista y absolutamente no monetario.

Para este año nuevo deseo que los zapatos viejos se lleven a remendar al zapatero, ese zapatero de barrio que está en peligro de extinción y que necesita de nuevos clientes que le visiten con regularidad para que el oficio, así como él lo heredó de su padre y de su abuelo, pueda pasar a la siguiente generación. El cambiará las tapas gastadas, arreglará las costuras laterales, con un parche a la medida tapará el hoyo que el dedo gordo ha dejado expuesto y con un poco de tiempo y de grasa también les dará bola a esos zapatos tuyos que se merecen una nueva vida y no ser parte de la montaña infinita de desechos-por-desidia… desechos-porque-quiero-y-puedo.

Te aseguro que si te asomas a tu guardarropa encontrarás más pares de zapatos que los que pudieras utilizar en toda una vida, que las sandalias de verano combinan con todo y no es necesario comprar un par de diferente color, que con ganas-y-un-ganchito las pantuflas duran toda una eternidad y que a menos que se te mojen los pies y que el daño sea irreparable todos los pares de zapatos de tu guardarropa tienen una vida útil tan larga que podrías andar a pie una vuelta al mundo sin necesidad de comprar un solo par más.

Para este año nuevo deseo que no te compres esa bolsa nueva, de piel, o quizás de plástico que aparenta ser piel, o quizás sí sea piel, y se vea muy guapa y muy chula pero sacando cuentas cuántas bolsas necesitas adquirir a lo largo de un año, si el consumo se rige por el “ya me lo vieron” pues que esa sea la regla de tu consumo, que todos te vean esa bolsa, que la gente por la calle diga “la de la bolsa café” que todos sepan cuál es tu bolsa y si se le desprende la correa, si se le descose el forro, si se le hace un hoyo a la funda interior pues regresas con el mismo zapatero de barrio, el de la vuelta de tu casa, el del puesto del mercado y él con gracia y entusiasmo te hará las reparaciones pertinentes a una fracción del precio de la bolsa nueva y de marca.

Para esta año nuevo te deseo menos paquetes que lleguen por correo, deseo que cuando llamen a tu puerta sea un amigo que te invita a tomar un café o un repartidor de flores pero no un repartidor de paquetes, de esos color marrón con una flecha-en-forma-de-sonrisa, que lo único que la hace sonreír es tu poco dinero que puntualmente y sin demora se muda de tu cuenta corriente para llenar los muy ya hinchados bolsillos de uno de los hombres más ricos del mundo que a fuerza de coerción empresarial mantiene a las pequeñas empresas del mundo al margen de la ganancia y al borde de la quiebra con la promesa única de que también ellos en algún momento serán millonarios, pero lo cierto y constatado es que el único millonario es el señor que por más multi-rico no se ha comprado una peluca pero creyó comprar respeto alquilando Venecia para una boda de plástico y oropel. 

Para este año nuevo deseo que no llegues a casa cargado de bolsas con ropa nueva, porque seguramente cada una de las prendas que adquieras son primas hermanas de otras tres que ya desde hace años habitan en la oscuridad de tu guardarropa y que por negligencia no has sacado a la luz en meses, en años o en décadas. Seguramente a estas alturas del partido has superado tu etapa de crecimiento, los pantalones de hace un par de años no te quedarán cortos de un día para otro y la blusa blanca que compraste hace algún tiempo es atemporal y no pasará de moda. Los jóvenes ahora buscan lo retro, lo ochentero, lo diferente, ¿por qué nosotros hemos de salir en cacería de prendas nuevas como nuestras presas de trofeo que después de dos días caerán en el olvido junto al resto del guardarropa para que tu salgas a esa cena con amigas o al trabajo con el único par de jeans que te sienta bien y la camisa que te queda ancha?

Si la necesidad urge y necesitas una prenda que sea de calidad, no de acrilan, que sea de lana o de algodón no de materiales sintéticos, que sea una prenda amable con tu cuerpo, que respire, que te fresque, que te caliente en un abrazo, que se forme a tu cuerpo y que sea una extensión de tu personalidad. Una prenda que cueste cinco veces más que las de importación asiatica, hechas por manos de esclavitud moderna y que garantice el trabajo digno para quien la produce.

Para este nuevo año deseo que cada viaje que hagas por cerca o lejos sea una decisión moral al impacto ambiental y no una exigencia del ego por coleccionar fotografías. Lo sé yo que he aprendido a invertir en zapatos de calidad que me duran quince años o más, he aprendido a escoger la ropa que me dará valor por dinero y una permanencia larga en mi guardarropa, que he aprendido a ser cliente recurrente de las tiendas de segunda mano encontrando tesoros escondidos, porque como se dice en Suecia: el desecho de unos es la ganancia de otros. Ahora que las tiendas de segunda mano han adquirido estatus, prestigio y renombre, ahora que lo mal-visto es comprar todo nuevo, ahora que se puede montar la casa y hasta la decoración navideña de muy buen gusto y al precio de segunda mano, ahora que las opciones de compra y venta entre particulares son bien recibidas por el colectivo de gente que quiere ahorrar-dinero, ahorrar-energía, ahorrar-planeta, ahora que existen todas estas alternativas la que más trabajo cuesta es la de viajar. 

Viajar es un invento moderno, hace 500 años la gente no se montaba en un barco para ir de vacaciones a las indias, ellos andaban descubriendo nuevos continentes, buscando nuevas rutas comerciales, haciendo guerras, cruzadas y comprando y vendiendo especias. Esos marinos holandeses y portugueses no llevaban a las mujeres a la playa, porque el concepto de sol-y-playa es tan moderno como mi abuela, un invento de un dictador del que mejor me ahorro su nombre ahora que se trata de ahorrar, que tras años de guerra civil y décadas de régimen militar-extrema-derecha y católico-mocho-de-asfixia dejó al país en la miseria y el hombre se quedó con dos recursos: la mano de obra muerta de hambre y la línea costera con sol del mediterráneo. Así el loco de atar se dedicó a exportar mano de obra a los países dañados estructuralmente por la gran guerra en espera de recibir a cambio jugosas y significativas remesas y sacó los pies del asfalto de la Gran Vía para meterlos en las arenas de Ibiza y Mallorca, ahí donde no se podía cosechar, ahí donde no había olivos, ahí donde no había vides, ahí había arena en extensiones extraordinarias, ahí se quitaron los tabúes, las restricciones y la ropa, ahí se miraba para otro lado mientras con la otra mano se recibían los francos franceses y alemanes, las libras esterlinas y porque no hasta las coronas suecas. El negocio de sol y playa se abrió al mundo y se transformó en industria. Nos vendieron la idea de la experiencia y de abrirnos caminos, no a lo Paul Bowles en El cielo protector buscando ser “viajero”, sino a la manera más prosaica y barata, siendo ¡u turista!.

Y sí nos gusta viajar, es aspiracional. Nos gusta viajar, es un escalón de estatus. Nos gusta viajar, son selfies-en-el-insta… nos gusta viajar, transforma la vida. 

Pero para el año que comienza te deseo que viajes de manera pensante, que reserves con el corazón, que pases las noches en hoteles establecidos que generan empleo, que evites a toda costa los air-bee-an-bee que de ser un concepto reformista han pasado a ser la tortura de millones de personas en ciudades turísticas en el mundo, cavando la fosa de la gentrificación y dejando en la calle a quienes no pueden pagar alquileres en la casa que los vió nacer. Para el año que viene te invito a que viajes y que rechaces categóricamente los “ol-inclusiv “que empujan a la ruina a la cafetería de la esquina, al restaurante de la banqueta de enfrente establecido hacía décadas y que deja sin empleo al mesero que vive de las propinas y a la cajera-madre-soltera que se tiene que pagar la escuela nocturna.Cuando viajes come con los locales, bebe en los negocios locales, compra en la butik pequeñita y escoge la prenda diferente. A París se va a comer crepas de carrito y baguettes de la estación del metro, a beber vino a lo largo del sena y a sentarse en una terraza a pasar la tarde, no a comprar zara-mango-ache-y-eme y nique-adidas que para comprar todas esas marcas mejor te quedas en casa y las pides por interné, incrementando el atasco de las paqueterías del mundo donde tu pequeño paquete ahoga las bodegas automatizadas que mantienen en vela a unos cuantos empleados que se rifan la vida con los dos dólares al día que les pagan.

Para el año que comienza te deseo que sigas usando tu coche usado y que le sigas pagando al mecánico de la colonia por la piezas de refacción y por la mano de obra, deseo que no remodeles la cocina porque una cocina bien hecha puede durar la vida entera. Deseo que no te veas tentado a construir una casa más grande, más amplia, más cómoda que la que ya tienes, porque te recuerdo que los hijos se irán las habitaciones se quedarán vacías y esa casa tuya habrá que enfriarla en los veranos cada vez más aguerridos y habrá que calentarla en los inviernos cada vez más despiadados y que la energía que producimos es limitada, aunque sean paneles solares, aunque sea “tu-dinero” aunque sea “tú-terreno” y tú propiedad. Ese pequeño predio, ese lote tan tuyo es un pedazo de este planeta que estamos erosionando a marchas forzadas con la única finalidad de satisfacer a nuestro pequeño y ridículo ego.

Cada, prenda, cada zapato, cada comida rápida, cada refresco enlatado, cada kilómetro recorrido en el auto nuevo tragando combustible fósil o de “energías híbridas, eléctricas y limpias” con baterías que todos elogian pero que nadie quiere saber de donde vienen, (al igual que los diamantes en el anillo de tu dedo explotado de las profundidades de la tierra por manos infantiles en un continente donde mejor no volteamos porque nos incomoda). Cada viaje, cada paquete, cada compra, cada click por internet, cada reparto a domicilio… cada-cada-cada… cada laceración al planeta que decimos amar pero que muy poco respetamos.

Por esto y mucho más te deseo que el año que empieza sea de segunda mano, de reparaciones, de remiendos, de mentalidad de crisis, porque sí vivimos en una crisis donde los elementos nos están azotando la cara con incendios, inundaciones, heladas, terremotos, plagas y pandemias y nosotros seguimos mirando a otro lado, o peor aún clavamos la mirada en una pantalla que nos invita a soñarnos pudientes, ricos, viajeros y elegantes. Este año que empieza deseo tiempo para pensar, pensar antes de cada click, antes de cada compra, antes de cada “nuevo”.

Este año nuevo deseo salud, conciencia de crisis, capacidad de disfrutar la belleza gratuita y el impulso de seguir creando, crear sin gastar, vivir sin erosionar, disfrutar sin comprar.


¡Prosperidad y austeridad para el año que comienza!

Sin-cuenta y siete… y contando

Pues desperté, desperté como cada mañana con la cabeza sobre la almohada, el cabello en la cara, una pierna al aire y la otra cubierta por el edredón. Desperté y escuché mi respiración, el aire entraba y salía sin contratiempos de los pulmones, las fosas nasales haciendo su trabajo sin mayor reparo. Desperté con la conciencia de que el corazón ocupaba la misma cavidad de ayer. Desperté sintiendo en mi piel los cincuenta y siete años de vida vividos, aquí y allá. Los años vividos antes y ahora, los años vividos de día y de noche, en vientos y en desiertos, los años vividos aún cuando no sabía que estaba viviendo.

Que fácil sería extender un mapa, de esos de antes, de papel, grandes, ruidosos y arrugados sobre la mesa y ver la línea del tiempo que nos tocará vivir, aquí una curva y luego vuelta a la derecha, aquí te enamoras y cinco kilómetros más adelante te dejarán con el alma rota. Luego frenas un poco para agarrar vuelo y subir la pendiente porque será una escalinata de retos profesionales y después de un par de caminos forestales donde las cascadas te hacen compañía a lo lejos y los árboles te dicen en el viento que has logrado llegar a un claro de calma empieza un nuevo terreno empedrado donde la maternidad no te dejará pegar el ojo, en los días y noches venideros, en los años que se acumularán entre risas, tu completa aceptación hasta tu completa incredulidad de ser la madre de tus hijos por los siglos por venir.

Desperté queriendo abrir el mapa sobre la mesa grande del comedor, extenderlo en toda su plenitud para poder orientarme en el camino, después de todo amanecí con 57 años a cuestas y quisiera ver las líneas del tiempo y poder leer el trayecto por venir. Pero el mapa es una cartografía del pasado, es una recopilación de memorias, es un punto clavado en el ahora y no me permite desenfundarlo para leer el siguiente paso.

El mapa que pretendo leer yace virginal, puro y mudo ante mis ojos, no me delata ni por un instante revelación alguna, se niega rotundamente a darme un susurro o mínima premonición, es un mapa de piedra que se mantiene silente, es un mapa de agua que fluye del pasado al aquí-y-ahora, es un mapa que se desaparece como nieve en mi mano tibia cuando el mañana se asoma en la esquina del papel.

Desperté con cincuenta y siete años en cada poro, en cada cabello oscuro y en cada cana, desperté con cincuenta y siete años en cada arruga y en cada pestaña, desperté para andar los pasos que me llevarán al siguiente día. No hay prisa, no hay carrera, no hay «hubiera», no hay vuelta en «u». Estoy dispuesta a seguir andando mientras haya camino, camino frío de invierno, camino pendiente, camino árido, lodoso, áspero, sinuoso, oscuro y vibrante. Lo tomo, lo acepto, lo recibo porque me he calzado con los todo-terreno que la vida me ha enseñado a usar, porque me he calzado con piel gruesa en las plantas de los pies y he aprendido a andar.

Esto de andar no ha sido fácil, aprender a caminar es el logro del bebé, unos cuantos meses de vida y el milagro se da ante los ojos amorosos de los padres, unos cuantos meses de preparación, de balance, de caídas a menos de medio metro del suelo y el ser humano en proceso aprende a caminar, a transportarse de un lado al otro. Pero andar, lo que se dice andar, andar por el mundo con sus propias cargas a cuestas, andar sin caer con frecuencia y a velocidad desenfrenada; andar con balance de mochila a la espalda donde otras vidas forman parte del equipaje, ese andar pocos lo enseñan. Ese andar que nos obliga a seguir adelante para no quedarnos tirados en la cuneta, ese andar que nos da una patada en el trasero de vez en cuando.

Ese mismo andar es el que me ha parado de la cama hoy, justamente hoy que oficialmente estreno el primer día de mis próximos 57 años. Quiero creer que tendré 57 años los próximos 364 días y que cada uno de ellos se unirán a mi mapa de vida y que en un año podré mirar atrás y evaluar los aciertos y las enseñanzas que al día de hoy son apenas aire frente a mis ojos. Andaré cada día, como el único que tengo. Andaré cada día consciente de que lo que suceda no es definitivo, que todo es relativo, que todo es cambiante. Andaré cada día como hasta la fecha, buscando la calma, la satisfacción que augura una noche de descanso profundo, de sueño sincero, de despertares sin sobresaltos. Andaré con mi palo-de-ciego en la mano tratando de advertir el siguiente paso sin necesidad de verlo. Andaré como lo he hecho en la mayor parte de mis años: despeinada, con botines de colores provocadores, con anillos que adornan cada uno de los dedos de mis manos y me hacen sonreír cuando los miro y valoro la gracia de saber reírme de mí misma. Andaré con el pelo cano, ondulado y despeinado, andaré con los labios rojos y las gafas grandes, con la capa amarilla y con el pañuelo despampanante al cuello. Andaré cada día de la mano de quienes más amo aunque las palmas no requieran de tocarse. Andaré con los personajes de los libros leídos en la neblina eterna de mis pensamientos y con los estribillos de las canciones escuchadas una y otra vez en el tímpano de la nostalgia. Andaré sola, porque así nacemos, porque así vivimos, pero seguiré andando en paralelo de los que me quieren, de los que quiero y de los que me han querido. Andaré en silencio porque me gusta ser sombra y pasar desapercibida, andare en silencio porque me gusta ser susurro y pasar por neblina. Andaré en silencio para escuchar a los otros, para que mi voz no desentone y tener el tiempo de escuchar otros latidos. Andaré en silencio para que mis palabras no desafinen y dar espacio para que la luz ocupe el sonido.

Prometo que seguiré andando, cada día con todos estos cincuenta y siete años que se me han echado encima, prometo que seguiré despertando con la cabeza sobre la almohada, una pierna al aire y la otra cubierta por el edredón, prometo que seguiré despertando después de largas noches de descanso donde la paz invade los sueños y la tranquilidad añade seguridad al trotar. Prometo el siguiente paso, con mis botas-todo-terreno, prometo el siguiente paso aunque el mapa no me desvele la ruta. Prometo dar el siguiente paso con todo lo que he acumulado en cincuenta-y-siete años de vida. Prometo dar el siguiente paso con todo lo que he dejado, soltado, abandonado y olvidado.

Pues así espero mañana despertar, con mis sin-cuenta y siete y con el mapa en blanco.