Las dos mujeres estaban destinadas a parir en sincronía, las contracciones empezaron a la media noche y pasada la madrugada los gritos de dolor llenaban las habitaciones de la casa y se salían hasta el patio colándose por entre las hiedras y sacudiendo las hojas de las plantas que llenaban las no pocas macetas esparcidas por todo el patio. Las mujeres gritaban y sudaban, las gotas de sudor corriendo por sus caras a pesar de que era octubre, a pesar de que el fresco ya había empezado a cubrir las noches de luna y a pesar que las mañanas amanecían con el rocío cubriendo la ciudad y el olor a tierra mojada.
La una gritaba y la otra también, Antonia estaba aprendiendo a parir, a ser madre, sería el primero de cuatro partos, puja-respira-puja-respira le decía la partera que no era partera, apenas la vecina de la casa de junto que se había hecho partera por experiencia propia, pariendo sus propios hijos y cortando el cordón umbilical con el cuchillo de la cocina, con las tijeras del pollo o con los dientes cuando no había nadie a mano para acercar las tijeras, porque cuando se está por parir no hay tiempo para remilgos y la vecina de la casa de Coyoacán sabía lo que era parir, “Parir es como cagar, hay que hacerlo y ya” eso decía la muy santa que tuvo hijos de variopintos-padres, la muy sabia que nunca se casó con ninguno de ellos y la muy prolífica que a todos los parió de propia mano y de paso hacía caridad ayudando a parir a “sus mujeres” como ella misma las llamaba y entre “Sus mujeres” contaba a las vecinas de la casa de junto, ellas que tenían su propia casa o lo que pareciera una casa en el solar pegadito a su vecindad. Cuando Delfina llego de San Francisco del Rincón a la capital casada, arrejuntada, concubina y al amparo de José Sánchez el carpintero llegó con sus dos bultos de ropa, envueltas en las sábanas que harían de ajuar de bodas, los pocos vestidos que usaba del diario, el mandil, los zapatos que traía puestos y un abrigo ligero, llegaron a la capital en tren y de ahí se fueron a la que sería su casa en la zona de Coyoacán. Casa de adobe, cuartos de ventanas de madera altas y pisos de loza, iluminada por lámparas de petróleo y con una pila de agua en el patio para lavar, para cocinar, para regar, para asear, para vivir.
Antonia estaba aprendiendo a parir y se le escuchaba en los gritos desgarrados que le salían desde el cuello de la matriz hasta la garganta, en esos gritos ahogados y de principiante, mientras su madre, Delfina en el camastro de junto paría casi en silencio, casi graciosamente la que sería su decimotercera entrega. Trece hijos paridos, hombres y mujeres, sanos, vivos y muertos más los fetos que no llegaron a ser un parto completo. Delfina cerraba los ojos mientras paría y tomaba la mano de su propia hija, Antonia que se desaguaba por primera vez.
Era un día de octubre y Antonia paría su primera hija tras haber estirado las horas de la madrugada, le entregaría a su Florentino, el hombre más guapo que jamás había visto, le entregaría en brazos a su primera hija. Delfina había acortado las horas de la madrugada a minutos para parir calladamente a su décima tercer criatura con la esperanza de un varón que le salió hembra para el desconsuelo de su José, el carpintero que anhelaba varones no por el ansia de perpetuar la descendencia, el apellido o la herencia, porque todos sus hijos serían un Sánchez más, hijos de José el Carpintero que ni herencia ni abolengo, tan solo quería los brazos de hombres fuertes que trabajaran a su ritmo para llevar el sustento a la casa, una casa donde se le fueron acumulando las hijas paridas por Delfina, más los muertos, más los no formados, siete mujeres había ya en la casa moviendo ollas en la cocina, limpiando los cuartos, barriendo las hojas secas en el patio, siete mujeres y un varón y ahora una hembrita más se colaba a la familia, la benjamina, la décimo tercera que nacía en el silencio de su madre y en el eco profundo de los gritos desgarrados de su hermana mayor.