15. Delfina la madre de trece vástagos entre vivos y muertos

Fue un día de marzo de 1950 cuando José el carpintero salió de su casa, vestido de luto y en procesión acompañado de todas sus hijas y su hijo-casi-ciego, acompañado de las casadas y de las solteras, en procesión silente acompañado de sus yernos y de los nietos que por primera vez no corrían descarriados sino que guardaban filas de respeto y pena. La procesión partía de la casa de la calle de Lago Valencia número doce y a paso firme y amargo atravesaban la Calzada México-Tacuba para adentrarse a los terrenos del Panteón Español. 

El padre Aurelio, el sacerdote hermano de José el carpintero, el llamado Tío Lelo, encabezaba la procesión de silencio. Una carroza fúnebre llevaba el cuerpo de Delfina, Delfina la hija de Cástula Guerrero y de Domingo Muñoz, Delfina la mujer de José Sánchez Sáenz el carpintero, Delfina la madre de trece vástagos entre vivos y muertos, la madre que dejara nueve huérfanos y apenas diez nietos de los 28 que se acumularían al paso de los años. Tras la carroza caminaba con la cabeza gacha José el carpintero con su traje negro de luto, con los pies pesados de pena y el rostro hundido en un duelo profundo que le acompañaría por años, del brazo lo llevaba Guadalupe, con un velo negro cubriendo el cabello y el rostro y con el vestido de luto que habían cosido para la ocasión. Cástula Guerrero la madre de Delfina era parte del cortejo, una mujer rozando las siete décadas que se había hecho pequeña, casi diminuta con su joroba en la espalda, con sus hombros huesudos, su cara arrugada, su pelo cano amarrado en un chongo en la coronilla de la cabeza y un chal negro que le acompañaba ya sea de mañana o de noche, de duelo o de cotidiano. Cástula llevaba a enterrar a su hija Delfina, Cástula iba callada observando a esas hijas ahora huérfanas de su Delfina, Cástula iba en silencio observando a ese José ahora viudo cargando sus más de sesenta años y al frente de una casa llena de mujeres por casar, por educar, por entregar y ese varón con mirada velada que había que guiar y apoyar más que dejarle la responsabilidad de la casa en las manos. Cástula observaba en silencio a los nietos de Delfina y de José que caminaban con las cabezas gachas, los hijos de Antonia la mayor y su Florentino o Valentino como quiera que se llamara y de María que seguía bella aunque ausente andando del brazo de su Santo-Santiago que pastoreaba con la mirada a la prole. Guadalupe estoica llevaba del brazo a su padre, Carmela caminaba del brazo de su marido, el doctor Luis López Galván el médico de Coatepec, Veracruz, un joven de rancho, de campo que en la lectura y la ciencia encontrara el placer del conocimiento que lo llevaría a la capital con poco dinero y mucha apetencia para estudiar en el recién inaugurado Instituto Politécnico Nacional. Carmela la primera profesora graduada y practicante de la familia andaba del brazo de su marido el médico, su Chucho como siempre le diría. Las solteras iban detrás, en el cortejo, Josefina y Rafaela con los brazos enganchados la una a la otra, los menores Consuelo y David le hacían compañía a Teresa al andar. La Benjamina de la familia, Teresa con sus trece escuálidos años, con su cuerpo flaco, con sus trenzas ralas, con el rostro pálido de tristeza, de confusión y de orfandad. 

El cortejo fúnebre salió de la casa de la calle de Lago Valencia número doce cuando las calles aún eran de tierra, cuando no había banquetas, cuando el carretón de la lechería pasaba tirado por caballos para repartir la leche bronca, la crema y la nata en las calles de la colonia. El cortejo salió del portal de la casa número doce de la calle de Lago Valencia ensanchando filas con la presencia de los vecinos, Mariquita de la vecindad de junto con todos sus hijos y su hombre de poca alcurnia acompañaban a José Sánchez y a sus hijas al Panteón Español.

Incluso las vecinas de la casa de Lauro Aguirre vinieron a acompañar a Delfina en el último adiós. Las vecinas que habían montado guardia años atrás a la espera del regreso de María, a la espera de las cartas que enviara la rescatadora de María, a la espera de que María regresara algún santo día para que Delfina recuperara la vida.

La tumba de Delfina se convertiría en el punto de reunión de la familia, asistían religiosamente a una cita puntual de domingo después de la misa del mediodía en la parroquia del Panteón Español para limpiar el sepulcro, cambiarle las flores, tirar el agua sucia que olía a aguas de panteón, limpiar los jarrones y barrer la lápida de hojarasca y el polvo acumulado durante la semana. La tumba de Delfina era el sitio de reunión de la familia el domingo después de la misa de mediodía, era donde José dejaba cada semana sus arrepentimientos y temores bañados en lágrimas y donde las hijas con velos de encajes cubriéndoles la cabeza y el hijo con velos de ceguera en los ojos iban a pagar tributo a la madre que les diera vida, a la madre que de dar tanta vida se llenara el cuerpo de una temprana muerte.

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