La muerte más bella del mundo

Aterricé en Skavsta después de diez días de trabajo en Alicante, estaba cansada, muy cansada, me urgía llegar a casa y reunirme con la familia, me urgía por demás llegar a casa y dormir en mi cama, desayunar en mi cocina y sentarme en mi sofá, había estado viajando las cuatro últimas semanas del mes, de Bélgica a Alemania y después Italia pasando por Francia una estancia breve en Belley para seguir al norte de Italia entre Milano, Bérgamo hasta llegar a Treviso. Fueron demasiados días de viaje, millas de avión y millas terrestres, estando en casa apenas algunos fines de semana, para después pasar el último de ellos en el puerto de Alicante.

Era momento de volver a casa, recoger las maletas de la banda de equipaje y subirme al taxi que seguramente estaría esperándonos a mi colega y a mí en la puerta del pequeño aeropuerto secundario de la capital.

Mientras esperaba mi maleta llené el tiempo checando los mensajes del móvil para darme cuenta de que había más de tres mensajes de México, de mi hermana. No es común recibir tantos mensajes uno tras otro así que me comuniqué inmediatamente para escuchar que Mamá había pasado la última semana en el hospital con las molestias del estómago que la habían estado mermando en los últimos tiempos. Mamá está mal, me dijo mi hermana. Las voces del aeropuerto dejaron de escucharse cercanas, – Mamá está ya en casa – dijo su voz, los colores del aeropuerto se empezaron a diluir. – No hay nada que hacer más que esperar, Mamá quiere que vengas a casa- . Las luces se apagaron, las voces desaparecieron, y yo caí en un vacío, en un embudo negro que me empezó a tragar en la obscuridad de lo que vi frente a mis ojos.

Me senté en un taxi no para concluir el viaje que había empezado hacía unas semanas sino para iniciar el que sería el viaje más duro, más arrebatador, más profundo de mi vida, el viaje de la vida y la muerte, sentada en un taxi cruzando el bosque de Södermanland llamé a mi jefe, que se había quedado en España para informarle que a la brevedad posible me montaría en el primer vuelo que encontrara rumbo a la Ciudad de México y que volvería… cuando volviera.

Las niñas abrieron la puerta de casa y me encontraron hecha un ovillo en el sofá de la que llamamos la salita familiar, ahí estaba yo a la orilla del abismo de mis pensamientos y peor aún de mis presagios.

24 horas después estaba yo sentada en un interminable vuelo Estocolmo – Cd. De México con escala en Heathrow. Caminaba por entre la gente pero sin mirar a nadie, hice un viaje sin observar, sin escuchar sin prestar atención, simplemente seguía yo andando por gracia de la fuerza centrífuga de mí tornado particular y una frase se repetía en voz baja en mi cabeza “Mamá está en casa, nada más hay que esperar”. Sentada junto a mí en las once horas de vuelo Londres – Ciudad de México una compatriota alegre de compartir sus por demás emocionantes experiencias a sus más de 35 años de edad en su primer viaje de ultramar en donde tuvo una estancia no mayor a diez días en París y Londres, hablando en voz por demás alta y temblando de la emoción de volver por fin a México después de tantísimos días de no comer su comida y de no entender ninguno de los idiomas que los osados Galos y británicos se atreven a hablar y como si fuera poco no entienden cuando uno les habla en éste mexicano de buena cuna. Diez días lejos de su madre, diez días lejos de su novio, diez días lejos de su comida, de sus chiles, de sus salsas, de sus tortillas, el tiempo justo que tuvo para presentar una ponencia de doctorado en la Sorbona representando a la Universidad Nacional. Pero la mujer estaba en lágrimas y me juraba, hablando en voz por demás alta que regresaría a casa para aceptar la propuesta de matrimonio de su novio de toda la vida y que juraba no volver a salir nunca de México por sí sola. Y le rodaban lágrimas enormes con la emoción de escuchar la música mexicana que traía en su móvil y que sin el consentimiento de las multitudes la compartía con el resto de los pasajeros, y al parecer a nadie le parecía impropio, y a nadie le parecía que su voz fuera alta y a nadie le parecía que sus lágrimas fueras falsas, porque abrazaría a su madre después de diez días y aterrizaría derechito en el altar para nunca más volver a salir sin tomar la mano de su futuro marido. Cuando se percató de que yo era su interlocutor y me preguntó el consabido “y tú vas de regreso a México?” yo contesté mirando mi recién comprado libro de Kundera,” si voy por tortillas” dije entre dientes, y dejé la mirada clavada en La fiesta de la insignificancia.

Cruzar la ciudad de México en compañía de uno de mis pilares-de-vida fue un muelle en el camino, fue un espacio de oxígeno claro para respirar profundo y ser entregada a los brazos de mi hermano que me recibiera en la casa de Satélite.

Subí las escaleras de dos en dos y entré directo a la habitación de mamá, ahí estaba ella esperándome, en su recámara de tapiz de flores, en su cama de edredones amplios con vista a su jardín. Cuando me agaché a abrazarla me dijo al oído como siempre alguna de sus confidencias y ésta alma mía que siempre estuvo conectada a ésa alma suya entendió con toda la claridad, que se traduce para algunos en sabiduría, que la decisión estaba tomada, mamá nos dejaría pronto.

Lo he pensado toda mi vida, en esa parte del cerebro donde uno piensa sin palabras, lo he sentido toda la vida en esa parte del corazón donde uno siente sin palabras y lo he dicho en muy pocas ocasiones a esas personas a las que se les pueden decir ciertas palabras, la vida y la muerte son una decisión, si estamos con vida es porque hemos tomado la decisión de estar con-vida, si morimos es porque ha habido también un acto de toma de decisión en la que nos comprometemos a morir, la muerte es una decisión, a mis ojos, a mi entender de la vida-y-de la muerte, la decisión de morir la mayoría de las personas la toman de la forma más primitiva y analfabeta sin darse cuenta de la decisión que están a punto de tomar, del contrato que están firmando con la vida; la decisión de morir para algunas personas es el acto privilegiado de dejar éste mundo de la mejor manera posible. Y después de haber escuchado a mi madre susurrar en mi oído supe con la contundencia de saber que el océano es el océano y de que el universo es el universo que mi madre moriría y de que yo estaba ahí para acompañarla en sus últimos pasos.

Cumplí con todo el protocolo e hice todas las preguntas técnicas posibles del caso, vi radiografías y ultrasonidos que para mí no representaban más que hoyos negros del cosmos y leí estudios con valores que pudieran haber sido resultados metalúrgicos sin sentido. La primera llamada fue a mi amigo-el-doctor, otro de mis pilares de vida y mi vida se sostiene en no más de un puñado de pilares, y mi-amigo-el-doctor llegó preciso y me miró a los ojos. Habló con mi madre, la miró profundo, la auscultó con pudor y escaneó con mirada profesional todos esos estudios y ultrasonidos que estaban sobre la mesa. Me miró nuevamente para decirme “nada más hay que esperar”.

Principios de octubre del 2014, sentados a la mesa de la cocina en casa de mi madre, esa mesa de esa cocina que estaba siempre puesta para cuatro personas sin importar que ella viviera sola, siempre a la espera de que alguien llegara, de que sus hijos llegaran; viviendo los años en lo que ella adoptó como su soledad nunca dejó de tener la esperanza de que sus hijos regresaran a sentarse en torno de esa mesa y hacerle compañía. Sentados a esa mesa, con la lámpara encendida que daba una luz tan cálida y que tantas veladas nos acompañara y donde tantos amigos se reunieran en esa amorfa cocina re-construida en el segundo piso de la casa después de la crisis de vida que nos arrebatara hasta el piso y que mi madre se las arreglara para levantarnos hasta el segundo, en esa misma cocina, en esa misma mesa se sentó en esa noche de octubre mi-amigo-el-doctor justamente como cuando teníamos trece años y nos reuníamos en casa para pasar la tarde y para platicar. Ahí estábamos mi madre, mi-amigo-el-doctor y yo para que mirándola a los ojos y con su voz clara decirle “Tere te vas a morir”, ella, mi madre lo sabía, no fue novedad, no la tomó por sorpresa, ella había tomado la decisión en esa parte del corazón donde las emociones y los sentimientos no tienen palabras, ella había tomado la decisión en esa parte del cerebro donde no se expresan las palabras, ella lo sabía y nadie la tomó por sorpresa, ella sabía lo que hacía como siempre lo había hecho.

Un hígado que representaba los hoyos negros del cosmos era una sentencia clara de muerte, un hígado que había muerto hacía algún tiempo y que estaba dando batalla a través de dos riñones por demás fuertes era una veredicto de muerte. Pero la muerte es una decisión y mi madre sabía que lo que seguía era dar paso a la muerte.

Así que mi madre siguió tomado decisiones como siempre y se preparó para llegar al final, a su estilo, como siempre, a su estilo. Doña Tere – nuestra Teté pecó de muchas fallas como el resto de la gente, pero nunca de falta de estilo y nos preparamos y la acompañamos en su caminar.

A partir de ese momento empezamos a crear nuestras rutinas y rituales, mi hermana me enseñó como ayudar con el pañal y a siempre estar a su lado, y así lo hice, estuve a su lado a cada minuto, no sabía cuánto tiempo me quedaría en México pero fui postergando mi viaje una, y otra y otra y una cuarta vez para estar a su lado, para poder tener la respuesta correcta a su constante pregunta “cuando te vas?” no lo sé mami, y veía la sombra sobre su rostro. “cuando te vas?” – no lo sé mami… “Cuándo te vas?” no me voy mami, aquí me quedo contigo. Y se le abrieron los ojos. “y tus hijas?” – ellas están bien, ellas están muy bien, en casa con Papá.

De mi prima médico recibí el mejor consejo de esos días, “háganle una fiesta de cumpleaños” y así lo hicimos, el domingo 12 de octubre le hicimos su fiesta de cumpleaños, mi hermano lo comunicó en todos los canales sociales disponibles y unas cuantas llamadas bastaron para correr la voz, habría fiesta para celebrar la vida de Teté, quien tres días después el 15 de Octubre cumpliría 77 años de vida. Familia querida, amigos, parientes, vecinos, conocidos, amigos de toda la vida, todos se dieron cita en casa para felicitar a Teté, sentadita en una de sus sillas de ratán en la sala de su casa, con un chal puesto y sus pantuflas, ahí nos tomamos fotos y nos reímos y festejamos su vida y su presencia.

A partir de ese día la casa estuvo abierta de par en par, el timbre sonaba desde muy temprano hasta muy entrada la noche, me vi obligada a poner un letrero en el marco del zaguán donde se podía leer “la puerta está abierta, no toquen el timbre nada más entren por favor”. Desayunábamos juntas cuando ella se sentía dispuesta, y después descansaba un poco. Nos volvimos más que flexibles con su dieta, después de tanto tiempo con restricciones de grasa y de sal nos dimos gusto con los tacos de bistec y con los tamales que Don Luis nos traía. Y me preguntaba extrañada “y mi dieta” – hoy no hay dieta mami es que es tu cumpleaños. Y ella feliz con el juguito de limón que le escurría por la manga cuando cerraba los ojos y se comía sus taquitos con mucha cebollita picada y su cilantrito.

Por la tarde nos sentábamos en la sala y recibíamos a las visitas, la sala se fue llenando de flores, desde los girasoles que fueron los primeros en llegar hasta las rosas rojas de tallos largos y las rosas rosas en un bouquet que se antojaba más que delicado. La sala de la casa se fue convirtiendo en una fiesta de flores y de colores, y las visitas llegaban con pastelitos de mantequilla, con gelatinas de leche, con bolsas de pan de dulce, los amigos llegaban con las manos llenas de amor. Hubo quien fue una sola vez pero la mayoría se sabían el camino de memoria y regresaron cuantas veces fueron posibles, los amigos-queridos-de-la-familia porque así nos hicimos fuertes, así salimos adelante con los amigos de mi hermano, con los amigos de mi hermana, con mis amigos y mis pilares de vida, y al paso de los años todos se fueron conociendo y los unos se hicieron amigos de los otros, y de pronto ya no fueron más sus amigos o los míos fueron y son los-amigos-de-la-familia, los-amigos-de-los-Carbó de éstos tres hermanos que nos hemos dado a las aguas de altamar sin saber navegar pero que hemos llegado a puerto seguro montados en la misma barca.

La casa fue un festín de flores, y el teléfono no paraba de sonar, el teléfono se convirtió en mi aliado y mi enemigo. Después de la merienda cuando caía la tarde y después de que mamá había descansado ya un poco me pedía llevarla a sentarse a la sala nuevamente y ahí miraba todas sus flores y me preguntaba quién le había llevado cada cual, y me señalaba con el dedo, ese dedo índice que tan bien le servía para enfatizar lo que quería y para dar órdenes, me decía cámbiale el agua a los geranios, córtale el tallo a las rosas, saca las ramas secas de ése arreglo, y ahí estaba yo podando, cortando, limpiando, refrescando y reubicando los jarrones, los adornos y los floreros, hasta que ya no hubo suficientes y recibí instrucciones de ir a casa de las vecinas a pedir más floreros y así lo hice. Y estaban las flores sobre las mesas, sobre las cómodas y sobre el piso. Y me instruía en cambiar las carpetitas de la sala, y en sacar el juego de café correcto y en usar las charolas más grandes cuando llegara más gente. Y me señalaba con el dedo índice en dónde acomodar los cojines y en cómo reamueblar para que cupiera toda la gente querida que llegaba a saludar.

Después del ritual de las flores pedía su directorio telefónico, ese pequeño cuaderno que ella había reorganizado de acuerdo a sus necesidades muy peculiares, como era todo en su vida siempre, arreglado a sus necesidades muy particulares, porque lo ordinario nunca le acomodaba. Así que su muy especial libro de teléfonos estaba dividido no de manera alfabética sino a-su-manera, con un apartado para mi hermano mayor y sus amigos, un apartado para mi hermana y sus amistades, uno para mí y mis amigos y pilares-de-vida inclusos los de otras latitudes; y así consecutivamente “vecinos” “amigos de la normal superior” “amigas de satélite” “familia” dividida claro por cada hermana y sus respectivas familias… un orden perfecto que a mí en particular me facilitó el sistema de notificación de circunstancias cuando uno está sentado en la sala de la casa de su madre rodeada de flores y dando aviso de la muerte que está sentándose en el sillón de enfrente.

Con sus anteojos puestos revisaba su directorio y lo fue leyendo meticulosamente y me fue pidiendo hacer cada una de las llamadas, así que yo marcaba y en un acto de pudor y discreción me iba a otra habitación para decir mis líneas “soy Lucy, la menor de Tere… sí si estoy en México, no precisamente de visita… no, no, vine sola, estoy en casa de mamá, es que…” y daba yo toda la explicación en un tono de humildad y controlando la voz. “A mamá le gustaría mucho despedirse de usted, sí claro nada más venir la puerta está siempre abierta… lo más pronto que le sea posible”; después me regresaba a la sala y le pasaba la bocina a mamá que saludó a todos y cada uno de sus interlocutores, y les dijo cuanto los amaba “pues ya ves aquí estoy, ya me llegó la hora” les decía sin que se le quebrara la voz.

Las noches era lo más pesado, yo vivía a su ritmo y sentía que se me iba de las manos por las noches mientras ella moría a su propio compás. Podía pasar el día entero, podía hacer todo lo que me pedían, pero la noche se me venía encima con el pensamiento de que se me fuera a morir cuando ella estaba sola en su cama y yo velándola en el sofá con la puerta cerrada y mi hermano allá dormido en la sala y mi hermana fuera de la casa. La noche se me venía encima y trataba de no dormir pero el cansancio me vencía, y tenía que despertar cuando ella despertaba y tenía que sentarme a su lado y tenía que acurrucarme con ella, justo como cuando tenía doce años y papá acababa de morir para yo acurrucarme a un lado de mamá y sentir que ella todavía respiraba, que no me dejaría, no entonces.

Seguimos viviendo los días, Don Luis nos visitaba a diario, y él le leía, le leía a Santa Teresa de Ávila y una amiga muy querida nos recomendó ponerle música-de-ángeles, yo no sabía que los ángeles habían entrado ya al mundo de la discografía pero no me fue difícil encontrar la susodicha música y la tocábamos durante el día en la recámara de mamá.

Yo ponía mi alarma y me paraba a las cinco de la mañana para trabajar un poco y para participar en un par de juntas mientras mis colegas en Suecia habían regresado ya de su almuerzo. Los proyectos seguían y las decisiones debían de tomarse. Tenía que interrumpir las juntas para correr a la habitación de mamá y ver que todo seguía… con vida.

Llegaron los días en que las amistades esperaban turno en la sala y yo les permitía entrar de uno por uno a la habitación de mamá y tomaba yo el tiempo y pasaba con cualquier pretexto delante de ellos y después de siete minutos pedía en mi estilo más-sueco-frío-y-contundente que agradecía mucho su visita que era hora de que se retiraran y de que permitieran descansar a mamá.

Cuando Don Luis se quedaba dormido en el sillón o salía a tomar aire para respirar profundo y a sus anchas me quedaba yo a solas con mamá y le leía a Kundera y le leía a Sabines y dejaba en silencio a los ángeles para tocar un poco de Preisner con su sinfonía por la Unificación de Europa, y tomaba a mi madre entre mis brazos y la arrullaba como no hace tanto arrullaba yo a mi Runa y como hasta ahora sin importar sus once años sigo arrullando de vez en cuando a Mia-mi-Mia. Éste fue uno de nuestros secretos, uno de los momentos más preciados y veo la luz entrar por la ventana del jardín, de su amado jardín, entrar por entre las cortinas blancas de encaje para darse paso a la recámara que eran sus aposentos queridos, donde leía, donde tejía, donde veía televisión, donde hablaba por teléfono, donde recibía a sus amigas íntimas sentadas en su salita privada, en ésa habitación donde lloraba en silencio su soledad, donde creía que ya todos la habíamos dejado para ahora en octubre del 2014 estar entre mis brazos como mis hijas lo suelen estar arrullada en mi seno, con la sinfonía de Preisner tocándonos el alma y nosotros en ese abrazo que le dio sentido a la vida, porque el ciclo se cerró, ella me tuvo en sus brazos durante toda mi vida y ahora fue mi turno de tomarla yo en brazos.

Los ángeles fueron anunciándose de uno en uno, fueron llegando poco a poco, la niña de rostro antiguo que venía a acompañarla durante la mañana “cómo no la vieron?” preguntaba extrañada, “pero si ha estado ahí hincada y mirándome calladita todo el día, incluso me acompañó cuando me llevaste al baño”, el que vino con más frecuencia fue el abuelo, su mayor gusto a la puerta de la muerte fue re-encontrarse con su Papá, con su tan amado Papá al que había extrañado durante más de 45 años. Un amigo muy querido me recomendó que abriéramos la puerta a nuestros santos particulares, lo cual en un principio me costó trabajo comprender, hasta ésa fecha yo no estaba notificada de que hubiéramos adquirido santos en ésta familia, pero comprendí pronto y lo comenté con mamá y abrimos las puertas de par en par, esas puertas intangibles que por lo general la mayoría de la gente mantiene cerradas por miedo o por ignorancia, y no se hicieron esperar, porque muy pronto me di cuenta que Santos-particulares es de lo que más tenemos en ésta familia. Y llegaron todos, los anunciados y los que venían sin invitación y así fueron llegando abuelos, las tías claro Lupe por delante como debía de ser y bastante tarde como era su hábito en vida, pero sonriente llegó Papá también a la celebración, a acercarse a mamá para decirle al oído que el camino había sido allanado y que no había nada que temer.

Una noche caí profunda, como la mayoría de las noches y desperté muy ágil y muy alerta con la sensación de que mamá estaba pasando frío, me asomé con los ojos entreabiertos y vi que las cobijas estaban en el piso, así que hice el intento de dejar mi sofá con hondonada para ir a taparla, cuando escuché la puerta y vi la luz del pasillo, en mi mente difusa de más de quince días de cansancio y más de quince noches en vela di por hecho que mi hermano entraba en la habitación para taparla y estar con ella. Así que tan solo me di la vuelta y quedé profundamente dormida con la cara al respaldo y perdida en mi hondonada.

Por la mañana mamá estaba tapada, agradecí a mi hermano en la cocina por entrar a cuidarla a media madrugada para escuchar un llano “yo no fui” .

La siguiente noche entró mi hermano a sentarse a la orilla de la cama, en ese momento me paré como resorte y lo golpeé en el hombro hasta cerciorarme de que ese hombre alto, delgado sentado junto a mamá tenía un-cuerpo a diferencia de quien-quiera-que-haya-venido la noche anterior.

Pasaron los días, las visitas seguían llegando pero la mayoría ya no pasó a su habitación, tan solo sus hermanas y una que otra persona que ella me aprobaba con un gesto, estaba ya en su cama, dormida de lado, abriendo los ojos solo de vez en vez.

Yo hacía la misma pregunta a mi-amigo-el-doctor y él me decía “todavía no, te vas a dar cuanta en la mirada, todavía no”.

Un miércoles mi hermano y yo tuvimos que hacer el trámite más surrealista que un ser vivo pueda hacer, contratar los servicios funerarios para nuestra madre; mi hermano estaba dedicado a todos los asuntos legales, administrativos y fiscales, había hecho ya un análisis comparativo de agencias funerarias y tras escoger las del Panteón Francés que habían hecho la mejor oferta, en las múltiples llamadas que hicieron a la casa y que nos obligaban a mentir cuando mamá preguntaba “quién llamo?” y no poder decir la Señora de Gayosso o la Señora de Galia (nombre de las agencias en la puja). Nos dimos a la misión de ir a escoger en persona el ataúd, la sala de velación y a dar nuestro consentimiento de la logística de la procesión al crematorio. Fue el miércoles más surrealista de nuestras vidas, firmar contratos, leer clausulas, entender que el ataúd se puede donar y escoger la urna. Después manejamos a casa en silencio y nos sentamos a la orilla de la cama para tomar a mamá de la mano, en silencio en el miércoles más surrealista de nuestras vidas.

Las horas siguieron pasando, muchos de los visitantes llegaron desde lejos, muchos viajaron a la ciudad de México para dar el último adiós a Mamá, uno de mis pilares de vida llegó dispuesto a abrazar a mamá y no se conformó con sentarse a la orilla de su cama, se quitó el saco, se quitó su posición, su título, su vida, para subirse a la cama de mi madre -ahora su lecho de muerte- y abrazarla y mirarla a los ojos y recordarle cuánto la admira y la quiere, así estaba mi amigo de preparatoria junto a mamá como a sus 18 años, como en todos esos años en los que se convirtió en uno de los-amigos-de-la-familia para estar ahora ahí en la cama de mi madre hablándole de sus propios hijos con palabras amorosas y llenas de paz.

Fueron muchos los momentos memorables, cada persona hizo el suyo especial, algunos en el teléfono a causa de la distancia o de su propia salud, otros en persona, la mayoría estuvo ahí, con ella, con nosotros, el teléfono seguía sonando pero mamá lo dejó de contestar, la puerta seguía abierta pero mamá dejó de recibir, la gente seguía sentada en la sala pero la puerta de su habitación la cerramos a las visitas. Tan solo Don Luis, los más cercanos y sus hijos entrabamos de puntillas, le hablábamos quedito, dejó de comer, y apenas tomaba agua a sorbitos, las dosis de morfina incrementaron y sus horas de sueño fueron en aumento también, disminuyendo la lucidez, los lamentos se hicieron más obscuros y profundos por las noches y yo seguía con la misma plegaria, que no-se-me-muera a mi sola, que no-se-me-muera a mi sola, era mi plegaria que repetía en mis silencios durante toda la noche, y me daba miedo quedarme dormida y más miedo no escucharla, así que me quedaba atenta toda la noche al menor murmullo. Una noche pidió que mi hermano y yo durmiéramos con ella en su cama, y nos apiñonamos como pudimos, el de un lado y yo del otro, y amanecimos con los pies fríos y el cuello torcido pero ella amaneció contenta de haber pasado la noche en compañía al calor de sus hijos.

Y pasaron las semanas y los días y las horas y cayó en cuenta de que nunca había estado sola, todos estaban ahí, su familia, sus amigos, “sus amistades” como ella les llamaba, Don Luis y sus hijos, todos estábamos ahí, y ella en su camino a la muerte, dando pasitos pequeños en un corredor mullido y bañado de luz.

No hubo cama de hospital, no hubo sondas ni máquinas, no hubo respiradores ni jeringas, no hubo caras desconocidas del personal de turno ni pisos fríos, no hubo “patos” ni sábanas blancas.

Todo fue a su modo, como siempre había sido, en su casa de toda la vida, en su cama, con sábanas de flores, con edredones mullidos, con almohadones de plumas, con su bata delgada, con sus pantuflas cómodas, con su baño, con su regadera, con su jabón de olor, con su peine a la mano, con su pintalabios y su pelo bien acomodado, con su olor penetrado en su habitación, con su taza de té, con sus cojines de la sala, con sus floreros llenos de flores de colores, con su gente, con sus hijos, en su casa.

Fue un viernes cuando ya no se paró de la cama, se quedó todo el día en reposo, y le pregunté muy temprano en la mañana a-mi-amigo-el-doctor mi pregunta de rutina y mirándome a los ojos me dijo, “ya es tiempo, será pronto, muy pronto, quiero que estés con ella todo el tiempo posible”.

Y así se los hice saber a mis hermanos, y me dediqué a hacer un par de llamadas para confirmar la logística, de cada uno de sus grupos de amistades seleccionamos a una persona de contacto y le informamos esa mañana que faltaba muy poco que la próxima llamada que recibieran de nuestra parte era para avisar que mamá nos había dejado. Las instrucciones estaban listas. Y nosotros seguimos con el día, pensando lo menos posible pero todos con una sonrisa en los labios, y alguien llevó la comida, como siempre alguien llevó la comida cada día que yo estuve ahí, alguien lavó los platos y alguien ayudó con la limpieza, yo no lo hice, yo estaba con mamá y cubriendo mi rol de encargada de relaciones públicas.

Esa tarde llegó el cura a dar la Santa Unción y mi hermano la tomó en brazos y con sus dedos la forzó amorosamente a abrir la boca para recibir la comunión, la dejó sobre las almohadas casi desfallecida y el cura se fue y la vecina querida que cada domingo durante casi un mes le trajo la comunión a la casa también se marchó. Cuando nos quedamos en familia, en compañía de las amigas-de-la-familia y de-mi-amigo-el-doctor mamá abrió los ojos y preguntó qué estábamos haciendo, “pues nada!” Dijimos con naturalidad, vamos a cenar, “bueno pues los acompaño” quieres venir a la cocina? “claro” dijo mamá. Mi hermano se acomidió con la silla de ruedas pero ella quiso ir caminando o con la ilusión de ir caminando porque entonces la llevó mi hermano casi en brazos hasta la cocina, donde cenamos y nos reímos como siempre nos reímos cuando estamos juntos, y bromeamos, y comimos y abrimos una botella de vino, y mamá hizo como que comía, y mamá hizo como que bebía, y mamá brindó por la vida con nosotros, como siempre lo había querido, ahí todos juntos los tres y con los amigos como siempre porque esa casa siempre estuvo abierta para los amigos, y mamá hizo como que bebía su vino y mamá sonreía y nos miraba, y yo la miraba mirar y entendí las palabras de mi-amigo-el-doctor, cuando llegue la hora lo verás en su mirada, y así fue, lo entendí en su mirada, nos miraba a todos, y miraba a su alrededor pero no nos miraba, miraba a-través-de-nosotros miraba más-allá-de-donde-nosotros la mirada de mamá estaba en donde nosotros ya no estábamos , nos escuchaba pero estaba viendo más allá de nosotros mismos, como en ese embudo donde se camina de uno en uno a pesar de las fuerzas centrífugas que se sucedan alrededor.

La llevamos a la sala y se sentó abrazando la cabeza de mi hermano. La llevamos a su cama.

A la mañana siguiente su cerebro cerró las puertas de la realidad, su cuerpo se volvió pesado y sin control, falta poco me dije a mi misma sin necesidad de preguntar más a mi-amigo-el-doctor.

Estábamos todos a la mesa comiendo cuando sentí el impulso de pararme para ir a su habitación, la vi, no sé qué vi, pero sentí y lo sabía, le llamé a mi hermano y me dijo con su voz tranquila, “puede estar así durante horas o días”… “abrázala” dije yo, abrázala, tómala en tus brazos y llamé a mi hermana, “ahora voy” me dijo , Ahora –mismo! Dije yo. Y entró a la habitación y le pedí que le diera la mano a mamá y yo tomé la otra mano, y mamá en los brazos de su hijo mayor, con la cabeza de lado sin fuerza y sin control se incorporó de pronto, y enderezó la cabeza y sus ojos se abrieron y miró a su entorno y nos miró, miró a cada uno de sus hijos y se tomó su tiempo y es como haberla escuchado mientras decía en sus adentros: “Carlos Arturo” “Paola María Teresa” “Ana Lucía” todos y cada uno de sus hijos en su lecho de muerte, en sus brazos, en sus manos, en compañía , en su casa, en su cama, en su camisón, en su hogar, en su amor. Después tomó una bocanada de aire la más profunda, la más oscura, cargada de dolor y de alivio, la bocanada de aire que da vida a un recién nacido y que da muerte a un viejo, tomó la bocanada de aire que le impulsó la vida fuera del cuerpo, que la lanzó al universo, salió. En ese momento salió, nos dejó, dejó el dolor, dejó la vida y pasó a ser parte de los misterios. La misma exhalación de aire que da vida y el mismo aliento que da muerte.

Y vi morir a mi madre y le cerré los ojos.

Y entendí lo que es la vida, y todo volvió a tener sentido y la amé más que nunca y di gracias por su muerte, desde ese día doy gracias por su muerte porque la hizo igual que como lo hizo todo en su vida, a su manera a su estilo, y lo logró y la admiro por eso, porque mi madre, Doña Tere vivió la muerte que quiso, la muerte más hermosa del mundo.

Al día siguiente las flores de colores salieron de la casa, y las flores blancas llenaron todos los espacios, su fotografía se colocó junto a la urna y una vela se mantiene encendida desde entonces, una vela en su casa, una vela en mi casa. Desde ese día la amo más todavía y si antes me acompañaba ahora sé que está aquí siempre. Desde ese día la vida cobró aún más sentido. Vi nacer a mi hija mayor, la parí y la sentí en cada espacio de mi cuerpo, viví su llanto y el mío y cuando viví tantísimo dolor mi madre me dijo las palabras más sabias que me pudo haber otorgado “para dar vida hay que morir un poco”. Yo he dado vida y tuve el altísimo privilegio de acompañar a mi madre hasta su muerte, al lado de mis hermanos, muy cerquita los cuatro, tuve el privilegio de ver nacer a mis hijas y tomarlas recién nacidas en mis brazos y tuve el honor de tomar en brazos a mi madre en su muerte, el circulo se completó y la vida cobró aún más sentido.

Viajé de regreso a casa, a la mía, a la de mis familia con mi esposo y mis hijas, sentada en el avión en mi soledad y con mis sentimientos, en una espera por demás larga y vacía de aeropuerto en aeropuerto para llegar a casa, a mi hogar y aprender a entender la muerte y a honrar la vida, la de quien se fue y la de los que están aquí y ahora a mi lado. Han pasado meses por demás silenciosos y en llanto, de ese llanto que inundaba mi alma y se me salía por los ojos. Han cambiado los vientos y me he reencontrado con quien soy, sin sufrimiento, sin dolor.

Y todos los días me acompaña un pensamiento cuando despierto y tarde en la noche cuando me voy a dormir, más que un pensamiento es una sensación cálida y amorosa que me dice que Mi madre murió con estilo, a su estilo y con orgullo puedo decir que tuvo la muerte más bella del mundo y eso me tiene a mí aquí y ahora completa, fuerte y amorosamente agradecida.

En la cáscara de una nuez

Cuando de pequeños pasar la navidad en casa era impensable, la navidad se pasa ”en compañía”, la navidad es para estar en familia, para ver a los abuelos a los tíos y a los primos, la navidad es una casa grande con mesa larga y una lista de platillos esperando en la cocina. La navidad era también una ristra de discusiones que arrancaba simbólicamente en el día de la revolución para pasar religiosamente por la Guadalupana hasta la decisión casi de último minuto y si no era de último minuto sería por lo general de mala manera “en casa de familia o en casa de mi familia”.

Una familia ofrecía una fiesta interminable de primos y risas, de platillos tradicionales desde romeritos en mole con las intragables tortitas de camarón, el pavo y la ensalada multicolor de betabeles con colaciones y cacahuates, otro platillo más de los imposibles de terminar, pero la comida era lo menos importante, para los menores al menos. La fiesta eran los primos, el Tío con su música que a todos nos hacía bailar, la casa llena de calor humano, esa casa vieja de los tíos donde las esquinas se llenaban siempre de secretos y de los misterios de los que antes habían rondado por la casa. En alguna época fue la casa del abuelo materno donde se celebraba la navidad, el recuerdo es muy vago, para cuando mi memoria empezó a funcionar orgánicamente el abuelo ya no estaba con vida, pero lo estaba la tía Lupe y su casa de Lago Valencia. Esa casa que vio crecer a todas las hermanas, donde el zaguán se abría a sus anchas para dejarnos entrar, donde la calle estaba llena de gente que caminaba en paz y que celebraba las fiestas a voces y con cuetes, cuetitos, luces de bengala y cuetones. La casa de Lago Valencia donde se ponía una mesa larga, larga, larga hecha de tablones en el patio, porque no había mesa en el mundo que sentara a tantas familias que durante la noche de navidad éramos tan solo una. La suma de ocho hermanas y el tío da una lista larga por demás de gente unida por lazos de sangre, hermanas y cuñados, hijos e hijas y apenas unos cuantos cargando una nueva generación en brazos. Las sobrinas mayores de mi madre con hijos de mi propia edad, una familia común y corriente, una familia regular de los-cien-años-de-soledad, con la esperanza de que ninguno de los nuevos miembros naciera con una cola retorcida de marrano. Al contrario, las navidades se fueron llenando de más críos hermosos y sanos, de hijos que portaban el nombre de su padre o de hijas que hurtaban la belleza de sus madres. Porque en esa casa se criaron ocho hijas, las hijas del carpintero por demás guapas.

La celebración de navidad tenía música que nos hacía a todos bailar y los que no sabíamos aprendíamos del ritmo de los mayores, la celebración de navidad era la expresión pura de la navidad mexicana, y pedíamos posada y salíamos a la calle en procesión y los pequeños cargábamos con honor la charola donde las figuras de la Virgen embarazada y José jalando la mula eran el inicio de la peregrinación, el resto de la familia venía detrás, cada uno con su velita en la mano que goteaban de cera de colores y su cuadernillo de posadas ese pequeñito donde estaban todas las letras de la letanía pero que a decir verdad nadie las necesitaba, todos se sabían los canticos y más las tías ellas eran expertas en cánticos navideños y de la iglesia y todas se empeñaban en demostrar sus dotes de voz en un coro de sopranos que dejaba en silencio las calles de la colonia cuando las escuchaban pasar. Ahí iban las Sánchez, las hermanas, las hijas de José el carpintero con sus respectivas familias y pedíamos posada y tocábamos en casa de Doña Mariquita y tocábamos aquí y allá para después acercarnos al número doce, donde el zaguán de metal se abría a sus anchas para dejarnos entrar en el coro donde algunas de las tías mayores se habían quedado mientras esperaban nuestra llegada, mientras seguían preparando y meneando en la cocina, hasta que escuchaban nuestros ruegos en-el-nombre-del­-cielo y con su respuesta a coro “Entren santos peregrinos” nos abrían las puertas y entrabamos todos llenos de gozo en los fríos de la ciudad de México que nos hacían sentir el invierno y el espíritu de la navidad. Bebíamos ponche de frutas para calentarnos, se repartían los regalos, el papel de china multicolor de las piñatas volaba por el aire cuando correteábamos por el patio. Ese patio que a mí me parecía tan largo, ese patio con su grandiosa fuente que seguramente ahora no llegará más allá de mi cintura, ese patio con macetones adornados con padecería de azulejos multicolores y con espejos minúsculos que los hacían brillar con las luces de colores colgadas a lo largo de todo el corredor. Esa era la columna vertebral de la casa, el corredor que conectaba las habitaciones, todas construidas a lo largo del terreno y que se accesaba de la una a la otra, todas con tres puertas, una a la habitación de la derecha, otra a la habitación de la izquierda y otra que daba al corredor, ese corredor techado y adornado de macetas, de plantas y de flores que colgaban, que crecían que se entrelazaban, ese corredor por donde las hermanas caminaron sus pasos de vida hasta salir de la casa bien casadas, del salón en un extremo hasta la cocina al otro lado, para regresar en navidades con sus esposos con sus hijos y por qué no las mayores con sus nietos. Excepto Lupe que se quedó a cuidar del abuelo, a cuidar de la familia, a cuidar de los recuerdos a perderse en la casa.

Así eran las navidades Sánchez, que después se fueron diversificando para celebrarse en las diferentes casas, un año en La Campestre y otro en Satélite pero el recuerdo más cálido de las navidades son las de la casa de Tacuba, esa casa vieja de los tíos donde las esquinas se llenaban siempre de secretos y de los misterios de los que antes habían rondado por la casa y la música nos hacía a todos bailar hasta quedar dormidos en los sillones.

Otras navidades eran en casa de los abuelos hasta que por un milagro de democracia familiar se logró la decisión unánime de festejar la Nochebuena con la familia de mi madre y la Navidad con los abuelos, con la familia de mi padre, la familia-de-los-abuelos.

Una sola vez, antes del milagroso acto de democracia celebramos la Nochebuena en casa, nada más nosotros, los tres hijos, Papá y Mamá, nadie podría haber predicho que sería la única vez que los cinco celebraríamos las navidades, fue un acto de amnistía, pero con un peso como plomo, no hubo esa música que nos recorría por el cuerpo, no hubo el baile ni las risas, no hubo posada ni piñata, no hubo “familia” alrededor, sin darnos cuenta que esas cinco personas éramos la familia, la nuestra, la que daba sentido a la vida, nuestro motor, nuestro motivo, nuestra vida.

No hubo muchas navidades más que estuvieran en juego después de que papá muriera, las navidades pasaron a ser una carga sobre los hombros, muchos años dejaron de tener sentido y tratábamos de pasar el trago amargo de las fiestas lo más rápido posible, hasta que la vida volvió a retoñar con nuevas generaciones, con nuevos motivos para vivir.

Ahora ha pasado mucha vida y por qué no ser sinceros y decir también que ha pasado mucha muerte, esa combinación precisa es el mejor método de aprendizaje, ahora que ha pasado tanto entender y comprender, ahora que han pasado años y miles de kilómetros puedo contestar con la voz clara y con una sonrisa radiante que en casa pasamos la navidad en familia, en compañía, claro en la nuestra. Somos cuatro personas, somos el papá-la mamá- la hija mayor-la hija menor, ésta es nuestra pequeña familia y hemos aprendido a pasar la navidad en unidad, en armonía y en un manto de amor que nos abriga. No hay posada, no hay música para bailar, no hay tíos, ni primos, ni abuelos, los abuelos todos se han ido, la familia está en otra latitud, pero lo que existe son nuestras propias tradiciones, estas costumbres nuestras que hemos venido creando entre cuatro paredes, entre cuatro personas, entre cuatro corazones.

Nos pregunta la gente “en dónde van a pasar navidad” en-casa-en-familia es nuestra respuesta, porque la vida nos ha llevado a formar una familia en la cascara de una nuez que flota en el océano, y aquí cabemos estas cuatro personas, con todos nuestros recuerdos, con todas nuestras nostalgias, pero con todo nuestro presente y con todos nuestros sueños.

Esta noche es noche buena y el mantel de flores que llegara un día desde México está ya en una hermosa mesa muy bien puesta, nos pondremos nuestros vestidos nuevos de fiesta y la corbata oficial, cenaremos a la luz de las velas y mañana será navidad, en familia, disfrutaremos nuestros regalos llenos de creatividad y de buenos deseos, andaremos en la casa en pijamas y veremos las películas que más nos gustan sentados todos en el sofá, apiñonados y tomándonos de la mano, jugando juegos de preguntas y comiendo dulces y mandarinas.

Hemos logrado llegar hasta aquí en unidad, formados de esos recuerdos de niños, de esos olvidos de adolescentes y de este presente de adultos, en nuestra pequeña familia que disfruta y ama su muy peculiar navidad.

Flores de ultramar

Dicen que hoy es mi cumpleaños, lo cierto es que yo no recuerdo haber nacido. Mi madre platicaba de un trece de diciembre que llamó por teléfono a Papá para decirle que dejara lo que estaba haciendo para llegar lo antes posible a casa para llevarla a la clínica del ISSSTE de Tacuba, pero mientras mi madre estaba enfocada en el dolor de sus contracciones y tratando de respirar lo más hondo posible quien llegó a casa fue Don Pedro, el chofer de la fábrica, el de los mandados, el corre-ve-y-lleva de papá, el hombre fiel que escoltaba a mi padre a los menesteres que la fábrica demandaba y que debían de hacerse por otras manos, y ahora éste 13 de diciembre del 68 Don Pedro la hizo también además de chofer, de consuelo de una mujer parturienta, que conociendo a mi madre los gritos no habrán sido pocos y las reclamaciones por su presencia en representación de la de mi padre habrán sido aún más vociferantes y sazonadas de aspavientos entre contracción y contracción. Mi madre llegó a la clínica de Tacuba colgada del brazo de Don Pedro, dando zancadas anchas y largas porque “estoy pariendo” , “estoy pariendo” gritaba – como si yo pudiera oírla desde esas entrañas donde me empeñaba en dar empujones- y ella que gritaba y Don Pedro que la tomaba del brazo y los enfermeros que se movilizaron ante el escándalo que una sola mujer puede provocar cuando la cabeza – ésta que ahora llevo sobre los hombros-  empezaba a asomarse al mundo mientras mi madre seguía dando zancadas anchas y largas por los pasillos de la clínica de Tacuba, y así andando ella, empecé yo a andar también y me atreví a asomar la cabeza al mundo seguramente atraída por el escándalo y las voces de mi madre diciéndole a todo el mundo lo que debía de hacer. Apenas se posó sobre la camilla y estaba yo dando gritos entonces, en una competencia histérica de madre-en-dolor y de cría-recién-parida.

Papá llegó a la escena poco después, cuando las aguas se habían calmado, llegó acompañado de los abuelos, porque los abuelos siempre le acompañaron, o porque quizá nunca dejaron de estar juntos. Llegaron a conocer al tercero o la tercera, lo que fuese sería bienvenido, no fue planeado por supuesto, no fue ése anhelo del tan deseado bebé, ése sueño se había cumplido ya con el primogénito que llegó como regalo del cielo a cumplir los sueños de Papá con un hijo varón que llevaría su nombre completo con honor y con orgullo, después la princesa de la casa que llenó la vida con un por demás abundante halo de ternura para ser portadora del nombre de la madre adornado de un primer nombre por demás elegante y gracioso. Así la vida familiar se había completado ya a mediados de 1967 y pum! Caplúm! 1968 llegó con oleadas de estudiantes en manifestaciones internacionales transformando el paisaje de París con barricadas donde estudiantes y militares se atacaban y protegían los unos contra los otros, así se vivió la primavera de París para seguir con la primavera en Checoslovaquia y de ahí engarzarse como perlitas de gracia al collar de las olimpiadas de México 68 y salpicarse de la sangre de los estudiantes en Tlatelolco y mi madre ahí con su barriga creciendo, viendo las noticias desde lejos en la televisión en blanco y negro donde los abuelos veían cada semana y religiosamente “La Caldera del Diablo” en sus capítulos de 30 minutos que eran el punto culminante de la tarde del domingo en convivencia familiar. Y ya estaban ahí los dos primeros nietos, el niño y la nena que serían la representación del orgullo y de la dulzura para que en la primavera del 68 al mismo tiempo que París y Checoslovaquia vivían sus propias transformaciones mi madre informaba de su tercer embarazo, el que “sucedió” el que “a ver que sale” el que “lo que sea será bienvenido” y andaba con sus vestidos de maternidad con minifalda y sus peinados de 15 centímetros de altura confeccionados en el salón de belleza con una buena cantidad de spray para asegurarse que se quedara quieto de sábado a sábado, y el flower power tomaba fuerza y el ambiente olía a peace-and-love y México preparaba su villa olímpica y los estudiantes hervían en la ciudad universitaria. Y ahí estaba mi madre criando a dos bebés y viendo crecer una panza que se arrullaba con las risas y las travesuras de sus hermanos mayores.

Dicen que es mi cumpleaños pero lo cierto es que yo no recuerdo haber nacido, aunque parece ser que llegué de golpe y porrazo en los pasillos de la clínica del ISSSTE de Tacuba con una madre altamente parturienta dando voces en espera de su marido quien tomó con calma el acontecimiento, después de todo ya había presenciado los partos anteriores y ya no habría nada nuevo bajo el sol.

Luego vino la tremenda batalla de darle nombre a la criatura – e ésta –  la recién nacida, que Papá lo único que pedía es que no naciera el día doce porque eso me hubiera dispuesto en automático a ser Guadalupe con todo lo que conlleva, cuetes y cuetones compartiendo el nombre con unos cuantos millones de mexicanos más sin importar el género y además la familia contaba ya con una Lupe muy bien posicionada, así que no hacía falta una más. La niña, porque fue niña y bien recibida, llegó un día después de la celebración nacional y por suerte y gracia de todos los santos el nombre del calendario fue Lucía, sí señor porque soy una chica de calendario – que desde el primer momento fue bien recibido por la cúpula familiar, Lucía santa patrona de los ciegos, Lucía de Siracusa, Siciliana y mártir, nada mal, nada mal para la criaturita que daba de gritos con los pulmones bien anchos para hacerse oír y hacerse notar en el ahora fortalecido ambiente familiar. Pero había que acentuar el nombre, uno sólo así tan santo y tan mártir no era suficiente había que encontrar un nombre que recordara a algún miembro familiar querido y fue Ana a quien me toco hacerle los honores, esa Tía Anita que en su lecho de muerte mi madre le prometió que si el bebé en camino era niña le bautizarían en su honor, y así fue Ana la niña en honor a la Tía que criara, cuidara y adoptara a mi abuela Alicia y a todos sus hermanos – Lydia, Esperanza y Arturo –  cuando su madre murió allá en Chihuahua y el Padre los llevó a la capital a la casa de Anita y Pedro de visita, y mientras tomaban un café en la casa de la Colonia Argentina el hombre se aseguró de que sus cuatro hijos estuvieran sentados a la mesa con una buena taza de chocolate servido por la cuñada Anita para después anunciar que saldría a la calle a comprar cigarros; que seguramente habrán sido muchos porque nunca más se le volvió a ver. La abuela y sus hermanos crecieron en la casa sin hijos propios de la Tía Anita que era una mujer de carácter fuerte, de rostro adusto y de trato áspero y que en compañía de su esposo quien era un poco más corto, de palabras, de carácter y de altura y por lo tanto apodado el Tío Periquito haciendo honor de su flacucho cuerpo y personalidad, se dieron a la tarea de criar a los cuatro huérfanos como si fueran propios, huérfanos de madre muerta y huérfanos de padre-que-fue-por-cigarros como tantos otro miles de huérfanos en la ciudad de México. Alicia y sus hermanos, la que nació en Chihuahua y llegó a la capital en un tren del porfiriato, crecieron y porque no también murieron en casa de Anita y el tío Periquito, Lydia murió joven y de ahí que el nombre se siguió heredando en la rama materna de la familia. Pero Anita murió de vieja y mi madre con los sentimientos a flor de piel cargando tremenda barriga se puso a hacer promesas en el lecho de muerte de la Tía que era poco graciosa y poco amorosa, para perpetuar, al menos el nombre en la criatura que naciera el 13 de diciembre.

Dicen que es mi cumpleaños, lo cierto es que yo no recuerdo haber nacido, pero llegué a ponerle un poco de sal y pimienta a la que ya se consideraba la familia perfecta, con su niño y niña, el papá además de pianista, empresario y la madre además de ama de casa, profesora de primaria. Así llegué yo a buscar siempre el nicho que no estuviera ocupado por los mayores y a crear espacios propios.

Un trece de diciembre que yo no recuerdo dicen que fue mi parto y desde entonces me llaman Lucía, como la mártir y en el nombre vino la penitencia y llegué como producto de exportación hace ya más de trece años a uno de los países donde Santa Lucía domina la escena pública, al país donde la noche más larga del año se celebra con luces y donde los fantasmas y criaturas de la obscuridad se celebran con canticos medievales de albor y esperanza.

Ahora camino por la vida con un nombre peculiar en éstas latitudes “Ana Lucía” donde el Ana debería de tener doble N para ser un nombre propio decente y Lucía está dedicado exclusivamente a la Santa y a la celebración, así que yo muestro constantemente una identificación que se pudiera leer en traducción libre como: “una pizca de imaginación de la noche más larga del año” – “ana” se aplica para imaginar y la gente normal no anda por la calle diciendo que es Lucía, es como saludar a la multitud con la seguridad de portar el nombre de “la esposa de Papá Noel” o pero aún tener el atrevimiento de llamarse “Día Nacional”, pero la cabeza negra-que-peina-canas y el acento por demás latino ayuda a abrir las puertas de la comprensión con el toque culminante de que en el número de persona es tan fácil entender que mi cumpleaños es diciembre trece, y hay que gracia les hace! Pero si te llamas Lucía! Y qué casualidad naciste un trece de diciembre! Que coincidencias de la vida! Y yo sonrío con mi cara de plato con la seguridad de que en el nombre está la penitencia, y lo escucharé hasta el último día de mi vida en Suecia.

Trece de diciembre, y dicen que es mi cumpleaños, yo lo celebro con palabras, con las que se reciben, con las que se leen, con las que llevo puestas en mi nombre y en los dedos que no dejan de presionar las teclas del ordenador. Santa Lucía se celebra allá afuera, a Lucía la celebro yo aquí dentro, aunque no recuerdo haber nacido quien me rodea procura recordármelo, con palabras y con flores, porque incluso hoy recibí flores de ultramar, mi hermana que ha sido siempre un modelo de vida mandó flores rosas, blancas y violetas al otro lado del mundo para celebrar a una Lucía en medio de tanta Lucía santificada que se celebra de en éste país de frío y tinieblas.

Dicen que hoy es mi cumpleaños, lo cierto es que yo no recuerdo haber nacido, pero hoy quien me quiere me celebra y yo me avoco a celebrar la vida, ésta que me gusta tanto y que porto con alegría y orgullo, hoy celebro la vida aquella que empezó con la corredera de mi madre en los pasillos de la clínica de Tacuba hasta ésta aquí y ahora sentada con mis palabras, escuchando a Jamie Cullum en su versión libre de “Make someone happy” y acompañada por las flores que mi hermana me hizo llegar del otro lado del mar.

No se necesita ser adulto

Hoy llegó el paquete por correo, el contenido un pequeño libro a todo color con apenas 18 páginas, unos cuantos gramos de peso nada más, pero para nosotros, para los Sivertsen es uno de nuestros proyectos de vida. Una vida que empezó hace unos cuatro años cuando nuestra mayorcita, Runa quien entonces tenía 9 se acercó a la mesa de la cocina a enseñarnos esas hojas tamaño carta que había doblado a la mitad y engrapado al centro para formar un cuadernillo que quedó casi perfecto y en el que después empezó a dibujar y escribir lo que sería su primer cuento.

Así nació “Smilla va a la guardería” el primer cuento de autoría de Runa, y así vio la luz por vez primera “Smilla”  (Esmila) que es un personaje creado por Runa.

Ese primer libro lo guardamos con mucho cariño en un cajón, pero empezó a tomar vida propia cuando sentados nuevamente a la mesa de la cocina, donde suelen suceder los mayores acontecimientos de nuestra vida, empezamos a cavilar la idea de que así como Runa seguramente otros niños, o quizá cientos de niños o mejor aún miles de niños en el mundo están deseosos también de escribir e ilustrar sus propios cuentos.

La semilla estaba sembrada y empezamos a darle un poco más de forma haciendo una profunda investigación sobre literatura infantil, pero no ésta literatura de la que todos hemos sido consumidores, donde los adultos son los autores y los niños son únicamente el receptor, sino que buscamos niños autores, niños que hayan publicado sus propios libros, claro que el primero y casi único que salta de manera automática es Anna Frank pero no encontramos ninguna editorial dedicada a la publicación de niños escritores. Quizá alguno que otro concurso en el Reino Unido o algo más allá en Canadá pero ningún esfuerzo significativo y consistente por publicar y promover literatura de autoría infantil.

La idea siguió germinando hasta que un buen día nos pusimos serios, nuevamente en torno a la misma mesa de la cocina donde se toman las decisiones más importantes de ésta familia y decidimos tomar el riesgo, si nadie más lo ha hecho nosotros seríamos los primeros.

Después de todo, nadie apuesta a perder.

Las investigaciones continuaron y por algún tiempo navegamos en las aguas de la Convención Mundial de los Derechos de los Niños que es un capítulo de los Derechos Humanos por demás apasionante y que cualquier individuo debería de estar al tanto de su existencia y de su contenido, porque simplemente todos estamos en contacto de una u otra forma con niños. En ésta convención descubrimos hechos sumamente atractivos, como el derecho del niño a expresarse, su derecho a la información o el derecho a la creación artística. Todos estos capítulos de la Convención fueron un motor que incitó aún más el deseo de promover la literatura de autoría infantil la cual consideramos un nicho en el mercado que nadie nunca se había asomado a ver.

A los 50 años recién cumplidos Tomm toma el riesgo de dejar la estabilidad de una vida y una reputación de diseñador gráfico con una cartera de clientes establecida en México y en Suecia para dedicarse por completo a la creación de la primer editorial a nivel internacional dedicada a promover el género (acuñado por él mismo) de literatura-de-autoría-infantil así en febrero del 2012 se da de alta la editorial PLIPLOP Books, para en cuestión de días recibir también el registro internacional de la marca “Libros de Niños Para Niños” (Books by kids for kids / Av barn för barn – en Suecia) y así empieza el largo peregrinar por terrenos nunca antes recorridos.

Objetivos, procesos de creación, procesos de producción y al poco tiempo en el mismo año Pliplop books publica su primera serie de e-books con una decena de niños autores entre 10 y 12 años de edad que participaron en la primera actividad de escritura e ilustración en busca de nuevos autores.

Los e-books se empiezan a vender no solamente en Suecia sino que despuntan en mercados como Norte América, el Reino Unido y Australia. La historia titulada “El mejor equipo de hockey” se convierte en un best seller en Canadá.

Y el proyecto sigue caminando, y recibimos la “bendición” del maestro Tomas Tranströmer (Nobel de literatura 2011) quien ve con buenos ojos el proyecto y desea el mejor de los éxitos a los jóvenes talentos creadores de la nueva literatura infantil.

La paleta cultural que ofrece la sociedad Sueca nos permite tener autores no únicamente de origen escandinavo, sino que en la lista de nombres de los talentos de nuestra editorial se pueden leer apellidos Sirios, Tailandeses, Kurdos y Latinos, lo que nos guía a que los libros además de publicarse en Sueco e Inglés se publiquen también en el idioma materno del niño-autor y esto ensancha los canales de integración en ésta sociedad y por qué no del resto del mundo.

Han pasado ya tres años, casi cuatro, de que el esfuerzo empezado en torno de la mesa de la cocina ha tomado forma, y empieza a dar más que frutos, empieza a dar resultados por demás satisfactorios.

Cuando tengo el gusto de acompañar a Tomm a alguna presentación de la editorial me gusta iniciar con una frase que he acuñado a lo largo de la vida “estamos aquí porque somos de las personas que sabemos que podemos cambiar al mundo” y qué mejor manera de cambiarlo que con palabras, con educación, con dibujos, con la expresión infantil, con la literatura creada por niños.

Ahora la empresa es ya una Sociedad Anónima que se llama Pliplop Group y contamos con más de cincuenta autores que están entre los 10 y los 12 años de edad, Tomm trabaja de tiempo completo en la editorial, con días de 18 horas, con semanas de siete días, con meses de poco descanso y con vacaciones de poco ocio. Aunque la empresa sea ahora todo un “Grupo” Tomm sigue siendo el director de la misma, el encargado de producción, de distribución, de finanzas, de ventas, el director creativo, el responsable de mercadotecnia y el primero en abrir la puerta por las mañanas y el último en cerrarla, cuando se llega a cerrar. Runa sigue escribiendo e ilustrando, ahora ayudando también a la formación de originales para publicación que prepara con esmero en su propia computadora con una habilidad sorprendente en el photoshop, Mia mi Mia sigue encargada del proceso de colorear los libros de su hermana, porque ése es el trabajo principal de Mia en ésta familia, darle color a nuestras vidas y yo sigo en el rol de consejero de la junta directiva que sigue sesionando en torno a la mesa de la cocina mientras con una mano muevo la cacerola y con la otra sirvo la comida.

El proyecto no se ha modificado, seguimos con la firme intención de cambiar al mundo y de seguir creando, publicando y promoviendo la literatura-de-autoría-infantil, dándole a cada autor el mismo trato profesional que a cualquier autor adulto, orgullosos todos nuestros autores de firmar su contrato de derechos de autor y de recibir religiosamente su cheque de regalías cada año al empezar el verano, porque “No se necesita ser adulto para ser autor”, de eso estamos convencidos.

Esta navidad seguimos promocionando los libros en formato e-book de todos nuestros autores en todos esos canales de venta que no dejan casi ningún rincón de los países occidentales sin tocar, desde el iBooks store hasta Amazon pasando por una lista infinita de tiendas de libros por internet; pero justo ahora nos aventuramos a dar un paso más en el territorio de los libros Print-on-demand, porque la clientela pide además de la versión electrónica la versión de papel.

Esta tarde llegó un paquete por correo, el contenido un pequeño libro a todo color con apenas 18 páginas, unos cuantos gramos de peso nada más, pero para nosotros, para los Sivertsen es uno de nuestros proyectos de vida. Una vida que empezó hace unos cuatro años cuando nuestra mayorcita, Runa quien entonces tenía 9 llegó a la mesa de la cocina a enseñarnos esas hojas tamaño carta que había doblado a la mitad y engrapado al centro para formar un cuadernillo que quedó casi perfecto y en el que después empezó a dibujar y a escribir lo que sería su primer cuento.

A sus trece años Runa es autora de “Smilla” una colección de siete libros y nuevos títulos en camino, todos ellos con ventas en América, Europa y Oceanía, pero hoy por vez primera vimos a “Smilla” publicado a todo color en un libro de unos cuantos gramos pero que contiene uno de nuestros más grandes proyectos de vida, porque los Sivertsen somos de éste tipo de personas que sabemos que podemos cambiar al mundo y que mejor que con palabras, con ilustraciones y con un poco o un mucho de literatura-de-autoría-infantil.

 

Un país que no existe

En mi filmografía-particular, en ésa larga lista de películas que podría ver una y otra vez, o que literalmente he visto más de veinte veces desde el When Sally met Harry o Love actually se ha añadido una por demás especial, que está enmarcada en Londres, que está aderezada en inglés británico y que el personaje es un pelirrojo de ojos azules que está parado muy lejos de un Hugh Grant pero que tiene esa mirada y esa manera de cerrar los puños que me atrapa desde la primer secuencia.

La película se llama About Time y otro de sus méritos es que Bill Nighy hace el papel de “el padre” que no deja nada en el vacío, llena absolutamente todos los rincones con su presencia, con sus movimientos y con su andar que lo podría reconocer incluso con los ojos cerrados.

About Time tiene una historia de amor convencional y una pareja convencional, que me recuerda a mí misma en esa edad donde uno soñaba en dedicarse únicamente a leer el día entero como editora y donde uno andaba con un peinadillo curioso acompañado de faldas muy largas, de botines muy viejos y de suéteres de mangas por demás anchas, que de vez en vez empujaban el marco de los anteojos cuando se resbalaban a lo largo de la nariz.

La película es del 2013, yo la descubrí en la televisión hace apenas un par de meses y ya he alcanzado a verla al menos seis veces, la primera por suerte en soledad, lo cual me permitió secar un par de lágrimas, un par más en compañía de la familia y el resto a escondidas para evitar un eco de voces que dice “no otra vez”, pero es que la combinación de la teoría del tiempo, Bill Nighy y la posibilidad de aprender a hacer las cosas bien a la primera me resultan una receta por demás irresistible.

Aprender a hacer las cosas bien a la primera, parece una labor después de una larga vida de santidad, o acaso después de una, por demás, larga vida de tropiezos, en mi caso es el segundo, tropiezos de esos que te dejan la nariz raspada o la rodilla descascarada hasta los tropiezos que dejan un ojo morado o una temporada fuera de circulación en el hospital de la vida hasta que uno se aprende la lección.

Hacer viajes en el tiempo sería la trampa más encantadora que nos podríamos hacer a nosotros mismos para volver a hacer la tarea una y otra vez hasta aprendernos las respuestas y llegar al día siguiente al examen sin que el profesor nos reconozca y poder contestar bien cada una de las preguntas sin esfuerzo alguno, o quizá para reconocer al amor sin necesidad de pruebas maratónicas de error-llanto y lamentos o mejor aún encontrar el trabajo ideal. Trampa – trampa absoluta, pero pensándolo bien prefiero creer que aun teniendo la posibilidad de viajar en el tiempo tengo la oportunidad de hacer las cosas bien a la primera, de saludar todos los días a la recepcionista con una historia que la haga reír y de abrazar todas las noches a Mia-mi-Mia en su cama y llenarla de besos para preguntarle porqué la amo tanto y que me conteste con esa vocecilla de pito “no lo sé”, pero yo sí que lo sé pero no se lo digo porque es nuestra escena muy particular y cuando sea adulta y cuando le toque a ella ser la mamá, se acurruque también en el cuello de su propia criatura para decirle cuanto la ama y llenarla de besos y preguntarle porqué la ama tanto y Mia-mi-Mía en sus adentros tendrá entonces la respuesta a mi pregunta.

En aquel momento habrá dado la vuelta el tiempo, pero ahora no necesito viajar en él, ahora ya no, quizá antes lo hubiera querido, quizá antes hubiera querido regresar a mil secuencias de vida, quizá antes hubiera querido hacer y deshacer, editar y agregar efectos especiales, ahora ya no, ahora está perfecto como es, porque alguien a quien le he robado muchas frases de vida me enseñó que “hubiera” es un país que-no-existe, así que no hay boletos para llegar ahí.

Ahora lo sé y he dejado de buscar ese boleto, ahora que he quemado mis naves, pero aun así seguiré viendo a escondidas About Time aunque sea para hacerme un ovillo en el sofá y pensar muy muy para mis adentros que ahora no necesito viajar más en el tiempo, porque hubiera es un país que no existe cuando aquí y ahora simplemente tan solo-hay.